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EL 2 DE MAYO “DIA INTERNACIONAL DEL OCIO”
Año
2007
FUNDAMENTOS:
A 111
AÑOS DE UN HECHO HISTÓRICO.
Cuenta la historia, que el 2 de mayo de 1896, mineros de
Dantzig (hoy Gdansk) Polonia, se hallaban en huelga en su lugar
de labor, para lograr una reducción de las horas de trabajo, se
los atacó a cañonazos, la mina se derrumbó y 67 de ellos murieron
por asfixia. Ese mismo
año, Paul Lafargue, autor del mítico “Derecho a la pereza” propuso
al Parlamento Francés que ese día fuese declarado feriado oficial.
El intento no prosperó pero posteriormente distintas
“Internacionales ociosas” persiguieron igual objetivo.
Tiempo después por iniciativa de Ren Kowaslsky, sobreviviente
de la matanza de los 67, se reiteró que el 2 de mayo fuese declarado
“DIA INTERNACIONAL DEL OCIO”.
LA AGRUPACION DE CROTOS LIBRES se adhiere a esa idea, interpretando
que, si existe un día en el que se exalta las bondades del trabajo,
debe determinarse un día también, que respete el derecho al ocio
creador.
A más de 100 años de aquel hecho histórico, los CROTOS
LIBRES rescatan, recrean y conmemoran el “DIA INTERNACIONAL DEL
OCIO” y realizan en espacios abiertos o cerrados indeterminados
(para evitar cualquier tipo de aglomeración) caminatas no forzadas
de 5 (cinco) metros con la finalidad de tomar clara conciencia de
principios y beneficios
del sano OCIO CREADOR.
Quienes por fuerza mayor o para no perder el presentismo,
se ven obligados a trabajar, realizan la marcha simbólica, incluso
a la vista de sus jefes, sin
que estos se enteren. Es una manera mas de aumentar el grado de auto
estima personal.
INVITACION
A UNIRSE
A LA INTERNACIONAL OCIOSA
Es lastimoso que el trabajo,
surge ante la angustia de satisfacer necesidades básicas.
Pareciera que los humanos no tienen mas remedio que trabajar o perecer.
La solución no está en saber cómo volver a que todos trabajen igual
que antes. La respuesta es lograr ocupar el tiempo del trabajo,
en libertades individuales y colectivas.
Las primeras civilizaciones despreciaron el trabajo,
entonces las tareas eran para los esclavos. Ello creó la división
social en eclesiásticos,
militares y agricultores, lo mismo que en la actualidad, hasta el
periodismo.
La inutilidad del trabajo, está dada
apenas se consideran temas de importancia.
CULTURA
- TRABAJO
Es curioso que los que tienen más necesidad de trabajar son
los hijos de los más pobres y que no
tienen acceso a la cultura, mientras que desproporcionadamente,
los descendientes de altas esferas sociales, se preparan
fácilmente y un porcentaje muy alto de ellos,
para explotar sin esfuerzos a los mas exigidos.
SEXO
- TRABAJO
Baste decir que el derecho al placer natural, es escamoteado
permanentemente por el agotamiento laboral.
GLOBALIZACION
- TRABAJO
Con empleos estables rumbo a desaparecer, el próximo milenio
ya anuncia una ocupación agraria del 2% e industrial del 3% de la
población activa.(datos: The Wall Street, Journal y
Press Universitaires (Francia).
El hombre sufre vicisitudes en diversas actividades declaradas
útiles (Muchas veces ideadas
por los que no trabajan) para poder sobrevivir mediante pago
de dinero.
No festejamos
el día del trabajo,
el stress de los desocupados, muertes y castigos a obreros se olvidan
muy fácilmente ... todo
el trabajo del mundo no justifica
festejos o conmemoraciones.
La solución parcial es reducir
equitativa y proporcionalmente las horas de trabajo. Y la definitiva,
sería lograr el desempleo total.
Caminatas
de recuperación :
Los Crotos Libres proponemos
una permanente caminata hacia cualquier parte, con la participación
de ambos sexos, todas las edades,
libre, gratuita y sin previa inscripción. El planeta es de
todos y para recorrerlo ecológicamente.
***********************************************************************************************
El trabajo capitalista
asalariado deshumaniza al obrero, entristece su vida....
P. Sartre
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BIENAVENTURADAS LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA...
Porque de ellas será el reino del ocio. (Leer)
***
Publicado en El Retrato de Hoy el 30 de Abril 2005
2 DE MAYO 2005 "DIA INTERNACIONAL DEL
OCIO"
"La meta de las buenas teorías políticas ha
de
ser que todas las personas sean capaces de gozar ocios, o que
el goce del ocio sea general"
Lin Yutang
El 2 de mayo de 1896, mineros de Dantzig (hoy Gdansk) Polonia, al
solicitar una reducción de horas de trabajo, fueron atacados
a cañonazos. Al derrumbarse la mina murieron sesenta y siete
trabajadores. Ese mismo año, Paul Lafargué, autor
del libro "Derecho a la pereza" propuso al Parlamento
Francés que ese día fuere declarado feriado oficial.
El intento no prosperó, pero distintas "Internacionales
ociosas" persiguieron igual objetivo. Posteriormente, por iniciativa
de Ren Kowaslsky, sobreviviente de la matanza de los 67, se reiteró
el pedido para que el 2 de mayo fuese declarado "DIA INTERNACIONAL
DEL OCIO".
UN POCO DE HISTORIA
Las primeras civilizaciones despreciaron el trabajo y lo realizaban
solamente los esclavos. Los intereses de los poderosos incorporaron
al imaginario colectivo aquello de "el trabajo dignifica",
la frase sirvió para justificar el trabajo forzado de los
pobres y que éstos se sintieran menos infelices al ser explotados.
El filósofo estadounidense Bob Black propuso la abolición
del trabajo en su manifiesto que dice: "Nadie debería
trabajar" razonando que: "El trabajo es la fuente de casi
toda la miseria en el mundo. Todos los males que puedas mencionar
provienen del trabajo o de vivir en un mundo diseñado para
el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.
Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas. Significa
crear una nueva forma de vida ".
Por otro lado los avances y cambios tecnológicos y sociales,
la presión cotidiana, la reducción para el tiempo
de descanso, el aumento de las horas de trabajo, cada vez están
más relacionadas con el insomnio, la neurosis, el síndrome
de fatiga crónica y distintas adicciones como el tabaco,
alcohol y drogas varias. Desde fines del siglo XX existen propuestas
de desaceleración. El estilo que surge en países del
primer mundo, consiste en trabajar y consumir menos para disfrutar
de las relaciones humanas y terminar con apuros alienantes.
"Cuanto más se consume, más se trabaja cuanto
más se trabaja más se consume". En resumen: es
un círculo vicioso.
EL PRESENTE
Mario Alonso, integrante de la Agrupación de Crotos Libres,
(Caminantes Alérgicos al Trabajo) dijo: "Nosotros no
festejamos ni conmemoramos el día del trabajo, celebremos
el DIA INTERNACIONAL DEL OCIO, porque el ocio es digno y creador.
Proponemos vivir una vida simple, prescindir de lo superfluo, desconocer
a la sociedad consumista y hacer lo que nos gusta sin jefes ni patrones".
"El ocio, - para descalificarlo- ha sido utilizado como sinónimo
de vagancia y debiera ser el máximo objetivo del género
humano. La llamada "cultura del trabajo" es en realidad
la cultura de la esclavitud, de la explotación del hombre
por el hombre mismo" nos dice el Catedrático Ángel
Mateo, autor del poema "Cuando todo sea gratis".
Hoy, una parte de la sociedad se mueve en un mundo consumista,
donde la droga, el alcohol y el tabaco no tienen freno. Al mismo
tiempo, se depredan bosques, se contaminan las aguas y los residuos
nucleares se dispersan por el planeta. Pero, no son pocos los que
en el mundo buscan vivir de otra manera y El DIA DEL OCIO seguramente
será un buen momento para reflexionar sobre qué queremos
dejar a las generaciones futuras.
Ana Maria Ordoñez
aordonez@mixmail.com
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Publicado en La Capital de Mar del Plata el 2 de Mayo de 2005
APUNTES DE UN DESVELADO
por Julio Alfonso
Día Internacional del Ocio
A UD, que camina sin fines de fe hacia un probable trabajo en negro;
a UD, que va en limosina hasta su empresa a empapelar sueños
con jornales emanados desde su poder sin fondo, les pido, por favor,
que se detengan un momento antes de seguir, para que compartamos
esto que viene.
Hace un par de semanas, en el apunte "Las vías muertas'',
éste que escribe mencionó a Ana María (Ordóñez)
y Pedro Manuel (Ribeiro), dos de mis crotos más queridos.
Fueron ellos, precisamente, quienes me acercaron una información
válida -con vuelo de irónica alegría-, para
compartir con todos ustedes, información que, aunque parezca
utópica dado el sistema laboral que se vive en distintas
partes del mundo, donde el trabajador carece de permiso para usar
a su antojo las alas internas, guarda en sí cierta heroica
verdad.
Podemos entrar en tema diciendo que un 2 de mayo, pero de 1896,
mineros de Dantzig (hoy Gdansk) Polonia, fueron atacados a cañonazos
al solicitar una reducción de horas de trabajo. Al derrumbarse
la mina donde se encontraban, murieron sesenta y siete trabajadores.
Ese mismo año, Paul Lafargué, autor del libro "Derecho
a la pereza" propuso al Parlamento Francés que ese día
fuese declarado feriado oficial.
El intento no prosperó, pero distintas "Internacionales
ociosas" persiguieron igual objetivo. Posteriormente, por iniciativa
de Ren Kowaslsky, sobreviviente de la matanza de los 67, se reiteró
el pedido para que el 2 de mayo fuese declarado "Día
Internacional del Ocio".
Pero hagamos un poco de historia, que no es tan aburrida como parece,
más si se nos presenta desnuda y transparente: las primeras
civilizaciones despreciaron el trabajo, por eso sólo lo realizaban
los esclavos de ayer. Los intereses de los poderosos incorporaron
al imaginario colectivo aquello de "el trabajo dignifica";
la frase sirvió para justificar el trabajo forzado de los
pobres, para que éstos se sintieran menos infelices al ser
explotados.
El filósofo estadounidense Bob Black propuso la abolición
del trabajo en su manifiesto que dice "Nadie debería
trabajar", razonando que "el trabajo es la fuente de casi
toda la miseria en el mundo. Todos los males que puedas mencionar
provienen del trabajo o de vivir en un mundo diseñado para
el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.
Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas; significa
crear una nueva forma de vida".
Por otro lado los avances y cambios tecnológicos y sociales,
la presión cotidiana, la reducción para el tiempo
de descanso, el aumento de las horas de trabajo, cada vez están
más relacionadas con el insomnio, la neurosis, el síndrome
de fatiga crónica y distintas adicciones como tabaco, alcohol
y drogas de todos los colores. Desde fines del siglo XX existen
las propuestas de desaceleración. El estilo que surge en
países del primer mundo, consiste en trabajar y consumir
menos para disfrutar de las relaciones humanas y terminar con apuros
alienantes.
Mario Alonso, integrante de la Agrupación de Crotos Libres
(Caminantes Alérgicos al Trabajo), dijo: "Nosotros no
festejamos ni conmemoramos el día del trabajo; celebremos
el Día Internacional del Ocio, porque el ocio es digno y
creador. Proponemos vivir una vida simple, prescindir de lo superfluo,
desconocer la sociedad consumista y hacer lo que nos gusta sin jefes
ni patrones. El ocio -para descalificarlo- ha sido utilizado como
sinónimo de vagancia y debiera ser el máximo objetivo
del género humano". La llamada cultura del trabajo es
en realidad la cultura de la esclavitud, de la explotación
del hombre por el hombre mismo, nos dice el Catedrático Ángel
Mateo, autor del poema "Cuando todo sea gratis".
Hoy, una parte de la sociedad se mueve en un mundo consumista, donde
la droga, el alcohol y el tabaco no tienen freno. Al mismo tiempo,
se depredan bosques, se contaminan las aguas y los residuos nucleares
se dispersan por el planeta. Pero, no son pocos los que en el mundo
buscan vivir de otra manera, y El Día del ocio, seguramente
será una buena oportunidad para reflexionar sobre qué
dejaremos a las generaciones presentes y futuras.
Esclavos
del Ocio
Osvaldo Baigorria
Una playa con palmeras, bikinis, cuerpos bronceados
y aguas cálidas: uno estira el brazo y le alcanzan otra
caipirinha. Es una de las escenas fantásticas del ocio,
imágenes de holganza que se vuelven cada vez más
lejanas. En un mundo de despidos, paro forzoso y depresión,
cuando la tele abierta finaliza su programación del día,
algún insomne desempleado, de espaldas sobre la cama,
se quedará mirando el cielorraso y las paredes que desde
hace años piden pintura a gritos. La foto de una mujer
y unos pibes, un cartón de vino, la pava y el mate completarán
el cuadro dentro de la piecita de arriba en la casa de los viejos.
¿Cómo repensar al ocio cuando el trabajo se acaba,
se devalúa o se deteriora hasta llegar a un coma irreversible?
Por aquí tenemos dos millones de desocupados y otros
tantos subocupados; mientras en Japón, un sólo
robot puede sacar el trabajo de cuatro operarios en las fábricas
de autos, y sesenta y cuatro máquinas inteligentes, controladas
por apenas dos personas, sustituyen a 150 obreros en la industria
electrónica. En Estados Unidos se prevé que para
el 2005 poco más de 90 mil almas cubrirán las
necesidades de la industria de artículos para el hogar,
contra las 200 que lo hacían a mediados de 1970.
De una punta a la otra, sea por efecto de las tecnologías
de punta o por una posición desventajosa dentro del mercado
global, millones de personas son arrojadas a un confinamiento
solitario que algún sádico sigue denominando "tiempo
libre".
De los paganos a los protestantes
Cuando el trabajo abundaba, a cargo de humanos o animales esclavos,
el ocio era un privilegio. Claro que para los antiguos griegos
y romanos el concepto incluía la contemplación,
el paseo y el ejercicio del pensamiento.
En el siglo II, Plinio El Joven hermanaba al estudio y la pereza.
Se trataba de una condición que acercaba la elite al
modelo de vida de los inmortales: éstos no tenían
más que alimentarse de los frutos que la semidiosa Fortuna
ponía en sus manos y podían dejar la mente libre
para contemplar la obra del mundo. Los negocios -"nec otium"-
eran la negación misma de ese ideal. Y el trabajo, en
cuya etimología se encuentra el "tripalium",
un instrumento de tortura, era directamente una deshonra: "ars
mechanica, ars inferior".
Esta idea subsistió, en una u otra forma, hasta fines
de la Edad Media.
Recién en 1783, Carlos III de España declaró
por cédula real que no era degradante trabajar, legitimando
así a muchos caballeros necesitados que se dedicaban
a oficios "bajos y viles" como las artesanías
o la venta de especias.
La expansión del capitalismo precisó una mentalidad
que revalorizara el trabajo. La ética protestante logró
trasmutar la condena bíblica -"Ganarás el
pan con el sudor de tu frente"- en bendición. En
la nueva moral, el ocio fue un contravalor. Para la burguesía
protestante no hubo mayor pecado que perder el tiempo. También
en el siglo XVIII, Benjamín Franklin advertía,
en sus Consejos a un joven comerciante, que "el tiempo
es oro; siempre debes mantenerte ocupado en algo útil
y suprimir todas las acciones innecesarias".
Pronto los valores de una emergente cultura del trabajo se extendieron
a los más explotados, pese a la resistencia salvaje de
los obreros ingleses que rompían máquinas, o de
la ironía popular castellana: "Si el trabajo es
salud, que trabajen los enfermos".
El derecho a la pereza
Los primeros militantes gremiales, anarquistas o socialistas,
observaron que el trabajo estaba sobrevaluado en la ideología
dominante, como coartada útil para que los menos conservasen
el privilegio de ser mantenidos por los más. Y en medio
de la lucha por la reducción de la jornada laboral a
ocho horas reivindicaron el "ocio creador".
El yerno de Marx fue más lejos. En 1881, en su folleto
"El derecho a la pereza", Paul Laffargue rescató
al poeta griego Antiparos con sus cantos al molino de agua,
cuya invención -se creía- emanciparía a
las esclavas. Y, como primer diputado socialista en el parlamento
francés, llamó a "forjar una ley de bronce"
que prohibiera a cada persona trabajar más de tres horas
por día.
Pero ni el molino liberó a la esclava ni la máquina
inteligente emancipó al proletario. Las nuevas tecnologías
produjeron masivos desplazamientos hacia los márgenes,
un mayor número de delincuentes y cuantiosas víctimas
de la represión estatal. El crecimiento en productividad
habría permitido que todos cubriesen sus necesidades
básicas con sólo cuatro horas diarias de trabajo,
según calculó Bertrand Russell poco antes de la
Segunda Guerra Mundial. Pero para eso había que repartir
el producto y eliminar plusvalías, algo que nadie -y
menos el stalinismo, imbuido como estaba de la misma ética
de trabajo de la acumulación capitalista- intentó
realizar.
El fin del empleo
En la última década del siglo XX, entre las tecnologías
de punta y los planes de ajuste flexibilizador, se terminó
por triturar las promesas del robot que liberaría a la
humanidad de la penuria. Entre aquellos que analizaron el fenómeno
del "fin del trabajo", Jeremy Rifkin, asesor de Clinton,
supo dibujar escenarios sombríos para el nuevo siglo.
Por un lado, subclases permanentes de desocupados y subocupados,
sin otra alternativa que la economía irregular, el delito
menor y el mayor. Por el otro, trabajadores sobreocupados y
sobreexigidos en medio de una creciente precarización
del empleo. Esto incluye a los contratos temporales y la contratación
"just in time", con su demanda de disponibilidad a
las órdenes del contratista o de la mano negra -e invisible-
del mercado. Todos seremos changarines: uno ya no sabrá
cuánto tiempo libre le queda ni podrá planificar
cómo usarlo, ya que en cualquier momento se lo puede
convocar para una tarea cuya duración y condiciones las
impondrá el patrón temporario: "Esto lo necesito
para ayer".
¿Qué lugar le cabe al "dolce far niente"
en medio de esta economía de escasez? Sólo el
de ser desfigurado hasta lo irreconocible. La industria del
entretenimiento aportó su bisturí para ese cambio
de género. Todo sistema social concede a sus sujetos
algunos períodos de fiesta o esparcimiento. Pero en el
capitalismo hubo un invento que permitió colonizar por
completo al tiempo libre, potenciando al máximo el control
totalitario de las horas sin trabajo: la tele.
Según analizó Javier Echeverría en su célebre
Telépolis, ese aparatito realizó una inaudita
conversión del tiempo de ocio en tiempo de trabajo, eliminando
por primera vez en la historia una diferencia que sobrevivía
desde la antigüedad. Y lo realizó mediante la creación
de una mercancía que como ninguna otra supo expandir
las fronteras del mercado: el telesegundo.
La materia prima de esta mercancía -cuyo valor depende
del número de espectadores cautivos de la programación
que la vende- se extrae del subsuelo del tiempo de los televidentes.
Más allá de si se compran o no los productos representados
por las teleimágenes, el mero hecho de contemplarlas
crea mercado y mercancía. Y nadie te paga por eso.
El nuevo sistema se basó en la incorporación a
distancia de imágenes mercantiles a la intimidad, los
deseos y las necesidades. Todas las tecnologías fueron
puestas, tarde o temprano, al servicio del mismo objetivo; por
otras pantallas comenzarían a difundirse las ofertas
de quienes invierten en Internet. En un mundo que deshace trabajos
y genera desocupados y excluidos crónicos, esa construcción
de deseos y necesidades ha tenido el mérito de reproducir,
además de mercado, una eterna insatisfacción.
Dónde va el ocio cuando no encuentra trabajo
En las economías más fuertes hoy se discuten algunas
opciones para recuperar mano de obra cesante y ofrecer oportunidades
a los ociosos forzados; pero hay pocas ideas en cuanto a cómo
recrear el tiempo libre y mucho menos cómo canjearlo
por ingresos. Se habla de una semana laboral más corta,
de un salario social y de un ingreso anual garantizado para
voluntarios en programas de asistencia. Los gestos de solidaridad,
la ayuda mutua, la defensa activa de los derechos de las minorías
u otras actividades no regidas por las leyes del mercado serían
usos "útiles" del ocio.
Según las propuestas de Rifkin, una de las más
importantes fuentes de financiación de la llamada tercera
fuerza provendría de impuestos a esas mismas industrias
de tecnologías de punta que generan pérdidas de
puestos de trabajo. Pero habría que ver cómo se
decide, a quiénes y cuánto pagar por las ganas
de dar y darse a otros, que puede abarcar desde acompañar
a enfermos terminales en sus últimos días hasta
proveer una casa de familia para algún chico abandonado,
pasando por el esfuerzo de concertar una acción ciudadana
protagonizada por los ecologistas, a fines de 1999, en Seattle,
Estados Unidos.
Lejos ya del "dulce otium" de los clásicos,
el tiempo sin trabajo de hoy se parece a una condena a la ociosidad
de un presidio. Aquel ideal era consecuencia de la libertad
-si ésta es la condición en la cual un ser humano
puede autorrealizarse- y no el resultado de un tiempo muerto
o al que se lo quiere matar por cualquier medio. En aquel modelo
hay un sujeto libre y creativo, pero en este vegeta el consumidor-esclavo
de un espectáculo de fantasmas.
Por más esfuerzo que uno haga, es difícil imaginar
que la moderna gestión del ocio pueda revertir esa degradación,
y menos aún dar satisfacción a las expectativas
creadas por la abrumadora oferta publicitaria.
La frustración del desocupado crónico aumenta
si sobreviven ciertos credos de la obsoleta cultura del trabajo;
por ejemplo, la mayoría de la gente sigue derivando su
sentido de identidad de su oficio/profesión y del consumo
que esa ubicación le permite, en una época en
la cual las ubicaciones cambian o desaparecen de un día
para el otro.
Si es cierto que el desempleo es estructural, habría
que hacer un cambio de civilización para devolver al
tiempo libre su libertad. Quizá una reorientación
de valores y necesidades, una búsqueda de nuevos equilibrios
entre trabajo y juego, o entre acción e inacción,
es el verdadero ajuste que exigen las horas de ocio que se nos
vienen encima.
O tal vez no haya ocio que resista la erosión del trabajo,
su contracara ineludible. Y entonces la playa, las palmeras,
las bikinis, las aguas cálidas, los cuerpos bronceados
y las caipirinhas serán siempre ajenas. Mientras tanto,
por aquí quedan la pava, el mate, el cartón de
vino y las paredes sin pintar. Y encima, afuera empieza a llover.
********
LA ABOLICION DEL TRABAJO
BOB BLACK
NADIE DEBERIA TRABAJAR NUNCA
El trabajo es la fuente de casi todo el sufrimiento del mundo.
Casi cualquier mal que se quiera nombrar viene de trabajar o
de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar
de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.
Esto no significa que tengamos que dejar de hacer cosas. Significa
crear una nueva forma de vida basada en el juego, en otras palabras,
una revolución lúdica. Por juego entiendo
también festividad, creatividad, convivencia, camaradería,
y quizá incluso el arte. Hay más en el juego que
el juego de niños, aún siendo éste tan
valioso. Llamo a una aventura colectiva de alegría generalizada
y exuberancia libremente interdependiente. El juego no es pasivo.
Sin duda todos necesitamos un montón más de tiempo
para la pura vagancia y la flojera que el que disfrutamos ahora,
sin importar los ingresos y la ocupación, pero una vez
recuperados del agotamiento inducido por el empleo casi todos
nosotros queremos actuar.
La vida lúdica es totalmente incompatible con la realidad
existente. Curiosamente -o quizá no- todas las viejas
ideologías son conservadoras porque creen en el trabajo.
Algunas de ellas, como el marxismo y la mayoría de formas
del anarquismo, creen en el trabajo aún más fieramente
porque creen en muy poco más.
Los liberales [1] dicen que deberíamos terminar con
la discriminación en el empleo. Yo digo que deberíamos
terminar con el empleo. Los conservadores apoyan las leyes sobre
el derecho a trabajar. Siguiendo a Paul Lafargue, yo apoyo el
derecho a la pereza. Los izquierdistas están a favor
del pleno empleo. Como los surrealistas -sólo que yo
no estoy bromeando- yo estoy a favor del pleno desempleo. Los
trotskistas incitan a la revolución permanente. Yo incito
a la rebeldía permanente. Pero si todos los ideólogos
abogan por el trabajo (y así lo hacen) -y no sólo
porque planean hacer que otra gente haga el suyo- son extrañamente
reticentes a decirlo. Hablarán incesantemente de salarios,
horas, condiciones de trabajo, explotación, productividad,
beneficios. Hablarán alegremente de cualquier cosa menos
del propio trabajo.
Estos expertos que se ofrecen a pensar por nosotros raramente
comparten sus conclusiones sobre el trabajo, pese a lo sobresaliente
que es en la vida de todos nosotros. Entre ellos discuten sutilmente
los detalles. Los sindicatos y los gerentes están de
acuerdo en que deberíamos vender el tiempo de nuestras
vidas a cambio de la supervivencia, aunque regatean sobre el
precio. Los marxistas creen que nos deben mandar los burócratas.
Los libertarios [2] creen que nos deberían mandar los
hombres de negocios. A las feministas [3] no les importa quien
mande, con tal de que sean mujeres. Claramente estos traficantes
de ideologías tienen serias diferencias sobre como dividir
el botín del poder. Igual de claramente, ninguno de ellos
tiene objeción alguna al trabajo como tal y todos ellos
nos quieren mantener trabajando.
Quizás te preguntes si bromeo o hablo en serio. Bromeo
y hablo en serio. Me gustaría que la vida fuese un juego,
pero un juego con apuestas altas. Quiero jugar para siempre.
La alternativa al trabajo no es sólo la indolencia. Pese
a todo lo que valoro los placeres del letargo, nunca es más
valioso que cuando alterna con otros placeres y pasatiempos.
No estoy tampoco promoviendo la dirigida válvula de escape
disciplinada por el tiempo llamada ocio. El ocio
es no-trabajo por el trabajo. El ocio es el tiempo perdido recuperándose
del trabajo y en el frenético pero inútil intento
de olvidarse del trabajo. La diferencia principal entre el trabajo
y el ocio es que en el trabajo al menos te pagan por tu alienación
e irritación.
No estoy jugando a juegos de definiciones con nadie. Cuando
digo que quiero abolir el trabajo, quiero decir exactamente
eso. Mi definición mínima de trabajo es tarea
obligatoria, es decir, producción forzada. Ambos elementos
son esenciales. El trabajo es producción impuesta por
medios económicos o políticos, por la zanahoria
o el palo. (La zanahoria es simplemente el palo por otros medios).
Pero no toda creación es trabajo. El trabajo nunca se
hace por su propio interés, se hace para conseguir algún
producto o resultado que el trabajador (o, más a menudo,
algún otro) obtiene de él. Esto es lo que el trabajo
necesariamente es. Definirlo es despreciarlo. Pero el trabajo
usualmente es aún peor que lo que su definición
decreta.
Usualmente el trabajo es empleo, esto es, trabajo asalariado,
que significa venderte a plazos. Así el 95% de estadounidenses
que trabajan, lo hacen para algún (o algo) otro. En la
URSS [4] o Cuba o Yugoslavia o cualquier otro modelo alternativo
que pueda aducirse, la cifra correspondiente se aproxima al
100%. Sólo los sitiados bastiones campesinos del Tercer
Mundo - México, la India, Brasil, Turquía - cobijan
temporalmente concentraciones significativas de agricultores
que perpetúan el arreglo tradicional de la mayoría
de trabajadores en los últimos milenios, el pago de impuestos
(= rescate) al estado o una renta a terratenientes parásitos
a cambio de que por lo demás les dejen en paz. Incluso
este crudo trato está empezando a parecer bueno. Todos
los trabajadores industriales (y de oficina) son empleados y
están bajo el tipo de vigilancia que asegura el servilismo.
Pero el trabajo moderno tiene peores implicaciones. La gente
no sólo trabaja, tienen trabajos. Una persona
hace una tarea productiva todo el tiempo sobre la base de no
tener otra opción. Incluso si la tarea tiene un grado
de interés intrínseco (como no ocurre con cada
vez más trabajos) la monótonía de su exclusividad
obligatoria lo vacía de su potencial lúdico. Un
trabajo que podría implicar, por pura diversión,
las energías de algunas personas por un tiempo razonablemente
limitado, es sólo una carga sobre aquellos que tienen
que hacerlo cuarenta horas a la semana sin tener voz en cómo
podría hacerse, en beneficio de unos propietarios que
no contribuyen en nada al proyecto, y sin ninguna oportunidad
de compartir tareas o extender el trabajo entre quienes realmente
tienen que hacerlo. Este es el mundo real del trabajo: un mundo
de torpeza burocrática, de acoso y discriminación
sexuales, de jefes estúpidos que explotan y culpan a
sus empleados, quienes - bajo cualquier criterio racional-técnico-
deberían dirigirlo todo. Pero el capitalismo en el mundo
real subordina la maximización racional de la productividad
y el beneficio a las exigencias del control organizativo.
La degradación que experimentan la mayoría de
trabajadores en su empleo es la suma de indignidades surtidas
que puede ser denominada como disciplina. La disciplina
consiste en la totalidad de controles totalitarios en el lugar
de trabajo. La disciplina es lo que la fábrica, la oficina
y el almacén comparten con la prisión, la escuela
y el hospital mental. La disciplina es el distintivamente diabólico
modo moderno de control, es una intrusión innovadora
que debe ser puesta en entredicho a la primera oportunidad.
Así es el trabajo. El juego es justamente
lo contrario. El juego es siempre voluntario. Lo que de otra
manera podría ser juego es trabajo si es forzado. Jugar
y dar están relacionados muy de cerca, son las facetas
conductista y transaccional del mismo impulso, el instinto de
juego. Ambos comparten un aristocrático desdén
por los resultados. El jugador obtiene algo del juego; por eso
juega. Pero la recompensa principal es la experiencia de la
propia actividad (cualquiera que sea). Algunos atentos estudiosos
del juego, como Johan Huizinga (Homo Ludens) lo definen como
juego organizado o seguimiento de reglas. Respeto la erudición
de Huizinga pero rechazo enfáticamente sus restricciones.
Hay muchos juegos organizados buenos (ajedrez, béisbol,
Monopoly, bridge) que están gobernados por reglas pero
en el juego hay mucho más que jugar siguiendo reglas.
La conversación, el sexo, el baile, el viaje -estas prácticas
no están gobernadas por reglas- pero con seguridad son
juegos si es que algo lo es. Y se puede jugar con las reglas
al menos tan fácilmente como con cualquier otra cosa.
El trabajo es una burla de la libertad. El discurso oficial
es que todos tenemos derechos y vivimos en una democracia. Otros
infortunados que no son libres como nosotros tienen que vivir
en estados policiales. Estas víctimas obedecen órdenes
quieran o no, no importa lo arbitrarias que sean. Las autoridades
las mantienen bajo vigilancia regular. Burócratas estatales
controlan incluso los menores detalles de la vida cotidiana.
Los funcionarios que les dan órdenes sólo responden
ante sus superiores, públicos o privados. De una forma
u otra, la disidencia y la desobediencia son castigadas. Chivatos
informan constantemente a las autoridades. Se supone que todo
esto es algo muy malo.
Y así es, aunque no es nada más que una descripción
del lugar de trabajo moderno. Hay más libertad en cualquier
dictadura moderadamente desestalinizada que un lugar de trabajo
estadounidense ordinario. Encuentras el mismo tipo de jerarquía
y disciplina en una oficina o una fábrica que en una
cárcel o un monasterio. Un trabajador es un esclavo a
tiempo parcial. El jefe le dice cuándo ha de aparecer,
cuándo ha de irse y qué hacer mientras tanto.
Te dice cuánto trabajo tienes que hacer y a qué
velocidad. Es libre de llevar su control a extremos humillantes,
regulando, si le apetece, las ropas que vistes o con que frecuencia
vas al baño. Con unas pocas excepciones puede despedirte
por cualquier razón, o por ninguna razón. Hace
que te espíen chivatos y supervisores, acumula un dossier
sobre cada empleado. Sin aprobarlo necesariamente para ellos
tampoco, es notable que los niños en casa y en la escuela
reciben el mismo tratamiento, justificado en su caso por su
supuesta inmadurez. ¿Qué dice esto de sus padres
y maestros que trabajan?
El degradante sistema de dominación que he descrito
gobierna la mitad de las horas de vigilia de una mayoría
de mujeres y de la enorme mayoría de hombres durante
décadas, a lo largo de la mayor parte de sus vidas. Para
ciertos propósitos no es demasiado engañoso llamar
a nuestro sistema democracia o capitalismo o -mejor aún-
industrialismo, pero sus verdaderos nombres son fascismo de
fábrica y oligarquía de oficina. Cualquiera que
diga que esta gente es libre es un mentiroso o un
estúpido. Eres lo que haces. Si haces un trabajo aburrido,
estúpido y monótono, lo probable es que acabes
siendo aburrido, estúpido y monótono. Las personas
que son reglamentadas durante toda sus vidas, entregadas al
trabajo al salir de la escuela y que, como en un paréntesis,
están limitadas por la familia al principio y el asilo
al final, están habituadas a la jerarquía y psicológicamente
esclavizadas. Su entrenamiento para la obediencia en el trabajo
pasa a las familias que inician, reproduciendo así el
sistema en más de una manera, y a la política,
la cultura y todo lo demás. Una vez drenas la vitalidad
de la gente en el trabajo, probablemente se sometan a la jerarquía
y la opinión de los expertos en todo. Están acostumbrados.
(...)
El sentimiento prevaleciente, universal entre los jefes y sus
agentes y también ampliamente extendido entre los propios
trabajadores es que el trabajo es inevitable y necesario. No
estoy de acuerdo. Ahora es posible abolir el trabajo y reemplazarlo,
en tanto que sirva a fines útiles, con una multitud de
nuevos tipos de actividades libres. Abolir el trabajo requiere
atacarlo desde dos direcciones, la cuantitativa y la cualitativa.
Por una parte, del lado cuantitativo, tenemos que recortar enormemente
la cantidad de trabajo que se hace. Actualmente, la mayor parte
del trabajo es inútil o aún peor y simplemente
deberíamos librarnos de él. Por otra parte - y
creo que esto es el meollo del asunto y el nuevo punto de partida
revolucionario - tenemos que tomar el trabajo útil que
quede y transformarlo en una variedad placentera de pasatiempos
parecidos a juegos o a actividades artesanas, indistinguible
de otros pasatiempos placenteros, excepto que resulta que estos
dan lugar a productos finales útiles. Seguramente esto
no va a hacerlos menos tentadores. Entonces todas las barreras
artificiales de poder y propiedad podrían venirse abajo.
La creación podría convertirse en recreo. Y todos
podríamos dejar de tenernos miedo unos de otros.
No sugiero que la mayor parte del trabajo pueda salvarse de
esta forma. Pero es que la mayor parte del trabajo no merece
que se intente salvarlo. Sólo una pequeña y decreciente
fracción del trabajo sirve a algún fin útil
independiente de la defensa y reproducción del sistema
laboral y sus apéndices. Directa o indirectamente, la
mayor parte del trabajo sirve a los fines improductivos del
comercio o el control social. De inmediato podríamos
liberar a decenas de millones de vendedores, soldados, gerentes,
polis, agentes de bolsa, clérigos, banqueros, abogados,
maestros, caseros, guardias de seguridad, publicistas y todo
el mundo que trabaja para ellos. Hay un efecto de bola de nieve
puesto que cada vez que se retira a algún pez gordo se
libera también a sus lacayos y subordinados. Así
la economía implosiona.
El 40% de la fuerza de trabajo son trabajadores de cuello blanco,
la mayoría de los cuales tienen algunos de los trabajos
más aburridos e idiotas que se hayan inventado. Industrias
completas, como las aseguradoras, la banca y las inmobiliarias,
no consisten de nada más que de inútil papeleo.
No es accidental que el sector terciario, el sector
de servicios, esté creciendo mientras que el sector
secundario (industria) se estanca y el sector primario
(agricultura) casi desaparece. Debido a que el trabajo es innecesario
excepto para aquellos cuyo poder asegura, los trabajadores son
trasladados desde ocupaciones relativamente útiles a
otras relativamente inútiles como una medida para asegurar
el orden público.
Después podemos meterle el hacha al propio trabajo de
producción. No más producción bélica,
energía nuclear, comida basura, desodorantes de higiene
femenina - y por encima de todo, nada más de industria
automovilística. Así, sin intentarlo siquiera,
ya hemos virtualmente resuelto la crisis energética,
la crisis medioambiental y otro surtido de problemas sociales
insolubles.
Finalmente, hay que acabar con la que es con mucho la ocupación
más extendida, la que tiene horarios más largos,
la paga más baja y algunas de las tareas más tediosas.
Me refiero a las amas de casa que se encargan del trabajo del
hogar y el cuidado de los niños. Aboliendo el trabajo
asalariado y logrando el pleno desempleo socavamos la división
sexual del trabajo. La familia nuclear como la conocemos es
una adaptación inevitable a la división del trabajo
impuesta por el trabajo asalariado moderno. Si te libras del
patriarcado, líbrate de la familia nuclear cuyo trabajo
en la sombra no pagado, como dice Ivan Illich, hace posible
el sistema laboral que la hace necesaria. Ligadas a esta estrategia
no-nuclear están la abolición de la infancia y
el cierre de las escuelas. A los niños los necesitamos
como maestros, no como alumnos. Tienen mucho que aportar a la
revolución lúdica porque son mejores jugando que
los adultos. Los adultos y los niños no son idénticos
pero se volverán iguales mediante la interdependencia.
Sólo el juego puede tender un puente sobre la brecha
generacional.
Lo que realmente quiero ver es el trabajo convertido en juego.
Un primer paso es descartar las nociones de trabajo y
ocupación. Incluso actividades que tiene
algún contenido lúdico pierden la mayor parte
de éste al ser reducidas a trabajos que cierta gente,
y sólo esa gente, es forzada a hacer con exclusión
de todos los demás. Bajo un sistema de rebeldía
permanente, seremos testigos de una Edad de Oro del diletante
que avergonzará al Renacimiento. No habrá más
trabajos, sólo cosas que hacer y gente que las haga.
El secreto de convertir el trabajo en juego, como demostró
Charles Fourier, consiste en organizar las actividades útiles
para aprovechar mejor lo que a distinta gente le gusta hacer
en distintos momentos. Para hacer posible que alguna gente haga
las cosas con las que podrían disfrutar sería
suficiente con erradicar las irracionalidades y distorsiones
que afectan a esas actividades cuando se ven reducidas a trabajo.
Segundo, hay algunas cosas que a la gente le gusta hacer de
vez en cuando, pero no demasiado rato, y sin duda no todo el
tiempo. Podrías disfrutar cuidando niños durante
unas pocas horas para estar en su compañía, pero
no tanto tiempo como sus padres. Los padres, por su parte, aprecian
profundamente el tiempo que les liberas para que puedan estar
solos, aunque se inquietarían si se les separase demasiado
tiempo de su progenie. Estas diferencias entre los individuos
son las que hacen posible una vida de libre juego. El mismo
principio se aplica a muchas otras áreas de actividad.
Tercero, otras cosas que son insatisfactorias si las haces
a solas o en un ambiente desagradable o siguiendo órdenes
de un superior, son placenteras, al menos durante un tiempo,
si se cambian esas circunstancias. La gente despliega su ingenio,
por lo demás desperdiciado, para hacer un juego de los
trabajos esclavizadores y menos atractivos. Las actividades
que atraen a alguna gente no siempre interesan a todos, pero
todo el mundo tiene al menos potencialmente una variedad de
intereses y un interés en la variedad. Como en el dicho,
todo una vez. No tenemos que tomar el trabajo de
hoy día tal como lo encontramos y adjudicarlo a las personas
apropiadas. Si la tecnología tiene un papel en todo esto
no es tanto automatizar el trabajo hasta sacarlo de la existencia
como abrir nuevos campos para la re/creación. Hasta cierto
punto quizá queramos volver a la artesanía, que
William Morris considerable un efecto probable y deseable de
la revolución comunista. El arte sería recuperado
de las manos de los snobs y los coleccionistas, abolido como
un departamento especial que alimenta a un público de
élite, y sus cualidades de belleza y creación
restauradas a la vida integral de la que fueron robadas por
el trabajo. Es una idea reveladora la de que las vasijas griegas
sobre las que escribimos odas y que exhibimos en los museos
fueron usadas en su época para almacenar aceite de oliva.
La cuestión está en que no existe el progreso
en el mundo del trabajo; en todo caso, lo contrario. No deberíamos
vacilar en hurtarle al pasado lo que tenga que ofrecer, los
antiguos no pierden nada mientras nosotros nos enriquecemos.
La reinvención de la vida cotidiana significa ir más
allá de los límites de nuestros mapas. Hay, es
cierto, más especulación sugerente que lo que
sospecha la mayoría de la gente. Además de Fourier
y Morris -e incluso algún indicio, aquí y allá,
en Marx- están los escritos de Kropotkin, los sindicalistas
Pataud y Pouget, los anarcocomunistas antiguos (Berkman) y modernos
(Bookchin). Communitas de los hermanos Goodman es ejemplar al
ilustrar qué formas se derivan de funciones (fines) dadas,
y hay algo que recoger de los frecuentemente nebulosos heraldos
de la tecnología alternativa / apropiada / intermedia
/ convivial, como Schumacher y especialmente Illich, una vez
que desconectas sus máquinas de niebla. Los situacionistas
son tan despiadadamente lúcidos como para ser estimulantes,
incluso si nunca acabaron de cuadrar su aprobación del
gobierno de los consejos obreros con la abolición del
trabajo. De todos modos, mejor su incongruencia que cualquier
versión existente del izquierdismo, cuyos devotos parecen
ser los últimos campeones del trabajo, porque si no hubiera
trabajo no habría trabajadores, y sin trabajadores, ¿a
quién iba a organizar la izquierda?
Así que los abolicionistas estarán en gran medida
solos. Nadie puede decir qué resultaría de la
liberación del poder creativo embrutecido por el trabajo.
Cualquier cosa puede ocurrir. La vida se convertirá en
un juego, o más bien muchos juegos, pero no -como es
ahora- un juego de suma cero. Si jugamos bien nuestras cartas,
podemos obtener más de la vida que lo que ponemos en
ella; pero sólo si jugamos en serio.
Nadie debería trabajar nunca. Trabajadores del mundo...
¡relajáos!
Bob Black
(Traducción: Carlos Barona) (*)
(*) La versión larga de este artículo se puede
obtener en la página web de E. Z. o en un folleto editado
por Likiniano Elkartea. Igualmente, ha sido editada en portugués
por Crixe Luxuosa Rua do Almada, 47-49 (á Bica)
1200 Lisboa (Portugal).
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[1] En EEUU, liberal equivaldría a lo que
aquí se suele denominar progresista.
[2] Libertario en el sentido que se le da comúnmente
en EEUU, de anarco-capitalista.
[3] Black parece ser muy contrario a determinadas manifestaciones
del feminismo estadounidense, a las que considera excluyentes
y autoritarias, como expone en su texto de 1983 El feminismo
como fascismo.
[4] El texto original es de 1986, y esta referencia y otras
posteriores se refieren al contexto de entonces.
http://www.nodo50.org/ekintza
TELEGRAMA DE DESPIDO
Estoy sentado en el umbral, con sol de siesta
después del cuarto saboreado cigarrillo
mirando mis zapatos armo versos
los que ayer tuve que escribir y no he podido
Estoy solo en un refugio de poetas
sinceramente no me encuentro arrepentido
estuve preso hasta ayer cuando la fábrica
me liberó con telegrama de despido
Hoy desperté temprano
sin prisa tomé mate
y pude ver volar un parajito
pude sentarme en el umbral
a escribir versos
y di a mis ojos el paisaje mas sencillo.-
Llega la noche y veo la ciudad muy lejos
y en esta casa abandonada estoy tranquilo
me divierto entre versos y guitarra
en este paraíso inadvertido
Con un poco de ramas hago fuego
y junto al mate hablaré conmigo mismo
tal vez la soledad me inspire un verso
y hasta el papel me haga correr enloquecido
Y al patrón le digo y a todo su directorio
que por echarme una noche se han reunido
que he recibido la indemnización y gracias
por su oportuno telegrama de despido.-
Letra/Música:Tito Moretti

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