AGRUPACIÓN DE CROTOS LIBRES

 

Día Internacional del Ocio

 

 

EL 2 DE MAYO “DIA INTERNACIONAL DEL OCIO”

2 DE MAYO DÍA INTERNACIONAL DE OCIO

La sociedad del trabajo está finalizando.
La lucha para obtener "trabajo" restauró
una de las peores formas de servidumbre,
dominación y explotación del hombre.


La civilización del ocio se aproxima. Resurgirá la sociedad primitiva que no identificaba su actividad como "trabajo" en el sentido que se le da actualmente. Utilizaba el tiempo para satisfacer las necesidades y nada más.

La etimología de la palabra "trabajo" proviene de "tripalium", instrumento de tortura para aplicar a los esclavos. También la palabra negocio, -negación del ocio-, se aplicaba y aun hoy se dice, a quienes realizan transacciones. La revolución industrial elevó a la sociedad del trabajo y de los negocios a limite extremos y lo cierto es que, cuanto más eficientes son las maquinas, menos mano de obra se necesita.

André Gorz, autor del libro "Miserias del presente, riqueza de lo posible", opina que la transformación técnico económica actual, hace que sea imposible el restablecimiento a un pleno empleo y por ello, es preciso animar un proyecto de transformación que permita redistribuir el trabajo con formulas de remuneración original y de intercambio para salir de la sociedad salarial. Pero al mismo tiempo -dice- se debe buscar una evolución cultural en busca del desarrollo de la sociedad. Esta liberación de tiempo debe permitir la propia autonomía del hombre. La sociedad salarial y con ella el capitalismo, será superada cuando predominen las relaciones sociales de cooperación voluntaria y de intercambio solidario.

La cuestión ahora no es saber cómo lograr trabajo, sino cómo saber transformar el ahorro del tiempo de "trabajo" en libertades individuales y colectivas, para que todos se conviertan en dueños de su propio tiempo. Hoy, más de un tercio de la población ya fue excluida de la sociedad salarial y quienes pertenecen a ella, en cualquier momento serán expulsados.

El autor precitado remarcó "Es preciso que el "trabajo" pierda su lugar central en la conciencia, el pensamiento, en la imaginación de todos: hay que aprender a ver con una mirada diferente: no pensarlo mas como aquello que tenemos o no tenemos, sino como aquello que hacemos".

Autores como Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Wilhelm Reich, entre otros, han demostrado en sus escritos que el trabajo es intrínsicamente doloroso, es lo impuesto sobre lo humano.

Jeremy Rifkin, economista reconocido en Estados Unidos, editó obras de repercusión. Manifiesta que los más sofisticados ordenadores, robótica, telecomunicaciones y otras formas de la alta tecnología están sustituyendo rápidamente a los seres humanos en la mayor parte de los sectores económicos y que ya se vislumbra un "mundo sin trabajo". El planteo concreto es que estamos frente a otra fase de la historia humana, caracterizada por la decadencia de lo que hasta ahora entendíamos por trabajo.Su obra "El fin del trabajo" provocó impacto en la opinión pública norteamericana y mundial. Wassily Leontief, premio Nobel de Economía expresó: "Rifkin nos enfrenta de forma hábil y astuta al mayor problema de la sociedad contemporánea, el trabajo, algo que la mayoría de los economistas ni siquiera se atreven a analizar"

Ana Maria Ordoñez
Actualización 2 de mayo 2017

 

 

FUNDAMENTOS: A 121 AÑOS DE UN HECHO HISTÓRICO.

  Cuenta la historia, que el 2 de mayo de 1896, mineros de Dantzig (hoy Gdansk) Polonia, se hallaban en huelga en su lugar de labor, para lograr una reducción de las horas de trabajo, se los atacó a cañonazos, la mina se derrumbó y 67 de ellos murieron por asfixia.  Ese mismo año, Paul Lafargue, autor del mítico “Derecho a la pereza” propuso al Parlamento Francés que ese día fuese declarado feriado oficial.

   El intento no prosperó pero posteriormente distintas “Internacionales ociosas” persiguieron igual objetivo.

   Tiempo después por iniciativa de Ren Kowaslsky, sobreviviente de la matanza de los 67, se reiteró que el 2 de mayo fuese declarado “DIA INTERNACIONAL DEL OCIO”.   LA AGRUPACION DE CROTOS LIBRES se adhiere a esa idea, interpretando que, si existe un día en el que se exalta las bondades del trabajo, debe determinarse un día también, que respete el derecho al ocio creador.

    A más de 100 años de aquel hecho histórico, los CROTOS LIBRES rescatan, recrean y conmemoran el “DIA INTERNACIONAL DEL OCIO” y realizan en espacios abiertos o cerrados indeterminados (para evitar cualquier tipo de aglomeración) caminatas no forzadas de 5 (cinco) metros con la finalidad de tomar clara conciencia de principios y  beneficios del sano OCIO CREADOR.

   Quienes por fuerza mayor o para no perder el presentismo, se ven obligados a trabajar, realizan la marcha simbólica, incluso a la vista de sus jefes,  sin que estos se enteren. Es una manera mas de aumentar  el grado de  auto estima personal.

INVITACION  A  UNIRSE  A  LA  INTERNACIONAL  OCIOSA

    Es lastimoso que el trabajo,  surge ante la angustia de satisfacer necesidades básicas. Pareciera que los humanos no tienen mas remedio que trabajar o perecer. La solución no está en saber cómo volver a que todos trabajen igual que antes. La respuesta es lograr ocupar el tiempo del trabajo, en libertades individuales y colectivas.

    Las primeras civilizaciones despreciaron el trabajo,  entonces las tareas eran para los esclavos. Ello creó la división social en  eclesiásticos, militares y agricultores, lo mismo que en la actualidad, hasta el periodismo.

    La inutilidad del trabajo, está dada  apenas se consideran temas de importancia.

CULTURA - TRABAJO

    Es curioso que los que tienen más necesidad de trabajar son los hijos de los más pobres y que no tienen acceso a la cultura, mientras que desproporcionadamente,  los descendientes de altas esferas sociales, se preparan fácilmente y un porcentaje muy alto de ellos,  para explotar sin esfuerzos a los mas exigidos.

SEXO - TRABAJO

     Baste decir que el derecho al placer natural, es escamoteado permanentemente por el agotamiento laboral.

GLOBALIZACION - TRABAJO

      Con empleos estables rumbo a desaparecer, el próximo milenio ya anuncia una ocupación agraria del 2% e industrial del 3% de la población activa.(datos: The Wall Street, Journal y  Press Universitaires  (Francia).  

   El hombre sufre vicisitudes en diversas actividades declaradas útiles (Muchas veces ideadas por los que no trabajan) para poder sobrevivir mediante pago de dinero.

No festejamos el día del trabajo, el stress de los desocupados, muertes y castigos a obreros se olvidan  muy  fácilmente ...  todo el trabajo del mundo no  justifica festejos o conmemoraciones.

   La solución parcial es reducir equitativa y proporcionalmente las horas de trabajo. Y la definitiva, sería lograr el desempleo total.

Caminatas de recuperación : Los Crotos Libres proponemos una permanente caminata hacia cualquier parte, con la participación de ambos sexos, todas las edades,  libre, gratuita y sin previa inscripción. El planeta es de todos y para recorrerlo ecológicamente. 

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El trabajo capitalista asalariado deshumaniza al obrero, entristece su vida....

P. Sartre

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BIENAVENTURADAS LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA...
Porque de ellas será el reino del ocio. (
Leer)

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Publicado en El Retrato de Hoy el 30 de Abril 2005

2 DE MAYO 2005 "DIA INTERNACIONAL DEL OCIO"

"La meta de las buenas teorías políticas ha de

ser que todas las personas sean capaces de gozar ocios, o que el goce del ocio sea general"
Lin Yutang


El 2 de mayo de 1896, mineros de Dantzig (hoy Gdansk) Polonia, al solicitar una reducción de horas de trabajo, fueron atacados a cañonazos. Al derrumbarse la mina murieron sesenta y siete trabajadores. Ese mismo año, Paul Lafargué, autor del libro "Derecho a la pereza" propuso al Parlamento Francés que ese día fuere declarado feriado oficial.
El intento no prosperó, pero distintas "Internacionales ociosas" persiguieron igual objetivo. Posteriormente, por iniciativa de Ren Kowaslsky, sobreviviente de la matanza de los 67, se reiteró el pedido para que el 2 de mayo fuese declarado "DIA INTERNACIONAL DEL OCIO".


UN POCO DE HISTORIA
Las primeras civilizaciones despreciaron el trabajo y lo realizaban solamente los esclavos. Los intereses de los poderosos incorporaron al imaginario colectivo aquello de "el trabajo dignifica", la frase sirvió para justificar el trabajo forzado de los pobres y que éstos se sintieran menos infelices al ser explotados.
El filósofo estadounidense Bob Black propuso la abolición del trabajo en su manifiesto que dice: "Nadie debería trabajar" razonando que: "El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar. Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas. Significa crear una nueva forma de vida ".
Por otro lado los avances y cambios tecnológicos y sociales, la presión cotidiana, la reducción para el tiempo de descanso, el aumento de las horas de trabajo, cada vez están más relacionadas con el insomnio, la neurosis, el síndrome de fatiga crónica y distintas adicciones como el tabaco, alcohol y drogas varias. Desde fines del siglo XX existen propuestas de desaceleración. El estilo que surge en países del primer mundo, consiste en trabajar y consumir menos para disfrutar de las relaciones humanas y terminar con apuros alienantes.

"Cuanto más se consume, más se trabaja cuanto más se trabaja más se consume". En resumen: es un círculo vicioso.

EL PRESENTE
Mario Alonso, integrante de la Agrupación de Crotos Libres, (Caminantes Alérgicos al Trabajo) dijo: "Nosotros no festejamos ni conmemoramos el día del trabajo, celebremos el DIA INTERNACIONAL DEL OCIO, porque el ocio es digno y creador. Proponemos vivir una vida simple, prescindir de lo superfluo, desconocer a la sociedad consumista y hacer lo que nos gusta sin jefes ni patrones".

"El ocio, - para descalificarlo- ha sido utilizado como sinónimo de vagancia y debiera ser el máximo objetivo del género humano. La llamada "cultura del trabajo" es en realidad la cultura de la esclavitud, de la explotación del hombre por el hombre mismo" nos dice el Catedrático Ángel Mateo, autor del poema "Cuando todo sea gratis".

Hoy, una parte de la sociedad se mueve en un mundo consumista, donde la droga, el alcohol y el tabaco no tienen freno. Al mismo tiempo, se depredan bosques, se contaminan las aguas y los residuos nucleares se dispersan por el planeta. Pero, no son pocos los que en el mundo buscan vivir de otra manera y El DIA DEL OCIO seguramente será un buen momento para reflexionar sobre qué queremos dejar a las generaciones futuras.

Ana Maria Ordoñez
aordonez@mixmail.com



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Publicado en La Capital de Mar del Plata el 2 de Mayo de 2005


APUNTES DE UN DESVELADO

por Julio Alfonso


Día Internacional del Ocio


A UD, que camina sin fines de fe hacia un probable trabajo en negro; a UD, que va en limosina hasta su empresa a empapelar sueños con jornales emanados desde su poder sin fondo, les pido, por favor, que se detengan un momento antes de seguir, para que compartamos esto que viene.
Hace un par de semanas, en el apunte "Las vías muertas'', éste que escribe mencionó a Ana María (Ordóñez) y Pedro Manuel (Ribeiro), dos de mis crotos más queridos. Fueron ellos, precisamente, quienes me acercaron una información válida -con vuelo de irónica alegría-, para compartir con todos ustedes, información que, aunque parezca utópica dado el sistema laboral que se vive en distintas partes del mundo, donde el trabajador carece de permiso para usar a su antojo las alas internas, guarda en sí cierta heroica verdad.
Podemos entrar en tema diciendo que un 2 de mayo, pero de 1896, mineros de Dantzig (hoy Gdansk) Polonia, fueron atacados a cañonazos al solicitar una reducción de horas de trabajo. Al derrumbarse la mina donde se encontraban, murieron sesenta y siete trabajadores. Ese mismo año, Paul Lafargué, autor del libro "Derecho a la pereza" propuso al Parlamento Francés que ese día fuese declarado feriado oficial.
El intento no prosperó, pero distintas "Internacionales ociosas" persiguieron igual objetivo. Posteriormente, por iniciativa de Ren Kowaslsky, sobreviviente de la matanza de los 67, se reiteró el pedido para que el 2 de mayo fuese declarado "Día Internacional del Ocio".
Pero hagamos un poco de historia, que no es tan aburrida como parece, más si se nos presenta desnuda y transparente: las primeras civilizaciones despreciaron el trabajo, por eso sólo lo realizaban los esclavos de ayer. Los intereses de los poderosos incorporaron al imaginario colectivo aquello de "el trabajo dignifica"; la frase sirvió para justificar el trabajo forzado de los pobres, para que éstos se sintieran menos infelices al ser explotados.
El filósofo estadounidense Bob Black propuso la abolición del trabajo en su manifiesto que dice "Nadie debería trabajar", razonando que "el trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar. Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas; significa crear una nueva forma de vida".
Por otro lado los avances y cambios tecnológicos y sociales, la presión cotidiana, la reducción para el tiempo de descanso, el aumento de las horas de trabajo, cada vez están más relacionadas con el insomnio, la neurosis, el síndrome de fatiga crónica y distintas adicciones como tabaco, alcohol y drogas de todos los colores. Desde fines del siglo XX existen las propuestas de desaceleración. El estilo que surge en países del primer mundo, consiste en trabajar y consumir menos para disfrutar de las relaciones humanas y terminar con apuros alienantes.
Mario Alonso, integrante de la Agrupación de Crotos Libres (Caminantes Alérgicos al Trabajo), dijo: "Nosotros festejamos el día del trabajador y celebremos el Día Internacional del Ocio, porque el ocio es digno y creador. Proponemos vivir una vida simple, prescindir de lo superfluo, desconocer la sociedad consumista y hacer lo que nos gusta sin jefes ni patrones. El ocio -para descalificarlo- ha sido utilizado como sinónimo de vagancia y debiera ser el máximo objetivo del género humano". La llamada cultura del trabajo es en realidad la cultura de la esclavitud, de la explotación del hombre por el hombre mismo, nos dice el Catedrático Ángel Mateo, autor del poema "Cuando todo sea gratis".
Hoy, una parte de la sociedad se mueve en un mundo consumista, donde la droga, el alcohol y el tabaco no tienen freno. Al mismo tiempo, se depredan bosques, se contaminan las aguas y los residuos nucleares se dispersan por el planeta. Pero, no son pocos los que en el mundo buscan vivir de otra manera, y El Día del ocio, seguramente será una buena oportunidad para reflexionar sobre qué dejaremos a las generaciones presentes y futuras.


Esclavos del Ocio

Osvaldo Baigorria


Una playa con palmeras, bikinis, cuerpos bronceados y aguas cálidas: uno estira el brazo y le alcanzan otra caipirinha. Es una de las escenas fantásticas del ocio, imágenes de holganza que se vuelven cada vez más lejanas. En un mundo de despidos, paro forzoso y depresión, cuando la tele abierta finaliza su programación del día, algún insomne desempleado, de espaldas sobre la cama, se quedará mirando el cielorraso y las paredes que desde hace años piden pintura a gritos. La foto de una mujer y unos pibes, un cartón de vino, la pava y el mate completarán el cuadro dentro de la piecita de arriba en la casa de los viejos.
¿Cómo repensar al ocio cuando el trabajo se acaba, se devalúa o se deteriora hasta llegar a un coma irreversible? Por aquí tenemos dos millones de desocupados y otros tantos subocupados; mientras en Japón, un sólo robot puede sacar el trabajo de cuatro operarios en las fábricas de autos, y sesenta y cuatro máquinas inteligentes, controladas por apenas dos personas, sustituyen a 150 obreros en la industria electrónica. En Estados Unidos se prevé que para el 2005 poco más de 90 mil almas cubrirán las necesidades de la industria de artículos para el hogar, contra las 200 que lo hacían a mediados de 1970.
De una punta a la otra, sea por efecto de las tecnologías de punta o por una posición desventajosa dentro del mercado global, millones de personas son arrojadas a un confinamiento solitario que algún sádico sigue denominando "tiempo libre".
De los paganos a los protestantes
Cuando el trabajo abundaba, a cargo de humanos o animales esclavos, el ocio era un privilegio. Claro que para los antiguos griegos y romanos el concepto incluía la contemplación, el paseo y el ejercicio del pensamiento.
En el siglo II, Plinio El Joven hermanaba al estudio y la pereza. Se trataba de una condición que acercaba la elite al modelo de vida de los inmortales: éstos no tenían más que alimentarse de los frutos que la semidiosa Fortuna ponía en sus manos y podían dejar la mente libre para contemplar la obra del mundo. Los negocios -"nec otium"- eran la negación misma de ese ideal. Y el trabajo, en cuya etimología se encuentra el "tripalium", un instrumento de tortura, era directamente una deshonra: "ars mechanica, ars inferior".
Esta idea subsistió, en una u otra forma, hasta fines de la Edad Media.
Recién en 1783, Carlos III de España declaró por cédula real que no era degradante trabajar, legitimando así a muchos caballeros necesitados que se dedicaban a oficios "bajos y viles" como las artesanías o la venta de especias.
La expansión del capitalismo precisó una mentalidad que revalorizara el trabajo. La ética protestante logró trasmutar la condena bíblica -"Ganarás el pan con el sudor de tu frente"- en bendición. En la nueva moral, el ocio fue un contravalor. Para la burguesía protestante no hubo mayor pecado que perder el tiempo. También en el siglo XVIII, Benjamín Franklin advertía, en sus Consejos a un joven comerciante, que "el tiempo es oro; siempre debes mantenerte ocupado en algo útil y suprimir todas las acciones innecesarias".
Pronto los valores de una emergente cultura del trabajo se extendieron a los más explotados, pese a la resistencia salvaje de los obreros ingleses que rompían máquinas, o de la ironía popular castellana: "Si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos".
El derecho a la pereza
Los primeros militantes gremiales, anarquistas o socialistas, observaron que el trabajo estaba sobrevaluado en la ideología dominante, como coartada útil para que los menos conservasen el privilegio de ser mantenidos por los más. Y en medio de la lucha por la reducción de la jornada laboral a ocho horas reivindicaron el "ocio creador".
El yerno de Marx fue más lejos. En 1881, en su folleto "El derecho a la pereza", Paul Laffargue rescató al poeta griego Antiparos con sus cantos al molino de agua, cuya invención -se creía- emanciparía a las esclavas. Y, como primer diputado socialista en el parlamento francés, llamó a "forjar una ley de bronce" que prohibiera a cada persona trabajar más de tres horas por día.
Pero ni el molino liberó a la esclava ni la máquina inteligente emancipó al proletario. Las nuevas tecnologías produjeron masivos desplazamientos hacia los márgenes, un mayor número de delincuentes y cuantiosas víctimas de la represión estatal. El crecimiento en productividad habría permitido que todos cubriesen sus necesidades básicas con sólo cuatro horas diarias de trabajo, según calculó Bertrand Russell poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero para eso había que repartir el producto y eliminar plusvalías, algo que nadie -y menos el stalinismo, imbuido como estaba de la misma ética de trabajo de la acumulación capitalista- intentó realizar.
El fin del empleo
En la última década del siglo XX, entre las tecnologías de punta y los planes de ajuste flexibilizador, se terminó por triturar las promesas del robot que liberaría a la humanidad de la penuria. Entre aquellos que analizaron el fenómeno del "fin del trabajo", Jeremy Rifkin, asesor de Clinton, supo dibujar escenarios sombríos para el nuevo siglo. Por un lado, subclases permanentes de desocupados y subocupados, sin otra alternativa que la economía irregular, el delito menor y el mayor. Por el otro, trabajadores sobreocupados y sobreexigidos en medio de una creciente precarización del empleo. Esto incluye a los contratos temporales y la contratación "just in time", con su demanda de disponibilidad a las órdenes del contratista o de la mano negra -e invisible- del mercado. Todos seremos changarines: uno ya no sabrá cuánto tiempo libre le queda ni podrá planificar cómo usarlo, ya que en cualquier momento se lo puede convocar para una tarea cuya duración y condiciones las impondrá el patrón temporario: "Esto lo necesito para ayer".
¿Qué lugar le cabe al "dolce far niente" en medio de esta economía de escasez? Sólo el de ser desfigurado hasta lo irreconocible. La industria del entretenimiento aportó su bisturí para ese cambio de género. Todo sistema social concede a sus sujetos algunos períodos de fiesta o esparcimiento. Pero en el capitalismo hubo un invento que permitió colonizar por completo al tiempo libre, potenciando al máximo el control totalitario de las horas sin trabajo: la tele.
Según analizó Javier Echeverría en su célebre Telépolis, ese aparatito realizó una inaudita conversión del tiempo de ocio en tiempo de trabajo, eliminando por primera vez en la historia una diferencia que sobrevivía desde la antigüedad. Y lo realizó mediante la creación de una mercancía que como ninguna otra supo expandir las fronteras del mercado: el telesegundo.
La materia prima de esta mercancía -cuyo valor depende del número de espectadores cautivos de la programación que la vende- se extrae del subsuelo del tiempo de los televidentes. Más allá de si se compran o no los productos representados por las teleimágenes, el mero hecho de contemplarlas crea mercado y mercancía. Y nadie te paga por eso.
El nuevo sistema se basó en la incorporación a distancia de imágenes mercantiles a la intimidad, los deseos y las necesidades. Todas las tecnologías fueron puestas, tarde o temprano, al servicio del mismo objetivo; por otras pantallas comenzarían a difundirse las ofertas de quienes invierten en Internet. En un mundo que deshace trabajos y genera desocupados y excluidos crónicos, esa construcción de deseos y necesidades ha tenido el mérito de reproducir, además de mercado, una eterna insatisfacción.
Dónde va el ocio cuando no encuentra trabajo
En las economías más fuertes hoy se discuten algunas opciones para recuperar mano de obra cesante y ofrecer oportunidades a los ociosos forzados; pero hay pocas ideas en cuanto a cómo recrear el tiempo libre y mucho menos cómo canjearlo por ingresos. Se habla de una semana laboral más corta, de un salario social y de un ingreso anual garantizado para voluntarios en programas de asistencia. Los gestos de solidaridad, la ayuda mutua, la defensa activa de los derechos de las minorías u otras actividades no regidas por las leyes del mercado serían usos "útiles" del ocio.
Según las propuestas de Rifkin, una de las más importantes fuentes de financiación de la llamada tercera fuerza provendría de impuestos a esas mismas industrias de tecnologías de punta que generan pérdidas de puestos de trabajo. Pero habría que ver cómo se decide, a quiénes y cuánto pagar por las ganas de dar y darse a otros, que puede abarcar desde acompañar a enfermos terminales en sus últimos días hasta proveer una casa de familia para algún chico abandonado, pasando por el esfuerzo de concertar una acción ciudadana protagonizada por los ecologistas, a fines de 1999, en Seattle, Estados Unidos.
Lejos ya del "dulce otium" de los clásicos, el tiempo sin trabajo de hoy se parece a una condena a la ociosidad de un presidio. Aquel ideal era consecuencia de la libertad -si ésta es la condición en la cual un ser humano puede autorrealizarse- y no el resultado de un tiempo muerto o al que se lo quiere matar por cualquier medio. En aquel modelo hay un sujeto libre y creativo, pero en este vegeta el consumidor-esclavo de un espectáculo de fantasmas.
Por más esfuerzo que uno haga, es difícil imaginar que la moderna gestión del ocio pueda revertir esa degradación, y menos aún dar satisfacción a las expectativas creadas por la abrumadora oferta publicitaria.
La frustración del desocupado crónico aumenta si sobreviven ciertos credos de la obsoleta cultura del trabajo; por ejemplo, la mayoría de la gente sigue derivando su sentido de identidad de su oficio/profesión y del consumo que esa ubicación le permite, en una época en la cual las ubicaciones cambian o desaparecen de un día para el otro.
Si es cierto que el desempleo es estructural, habría que hacer un cambio de civilización para devolver al tiempo libre su libertad. Quizá una reorientación de valores y necesidades, una búsqueda de nuevos equilibrios entre trabajo y juego, o entre acción e inacción, es el verdadero ajuste que exigen las horas de ocio que se nos vienen encima.
O tal vez no haya ocio que resista la erosión del trabajo, su contracara ineludible. Y entonces la playa, las palmeras, las bikinis, las aguas cálidas, los cuerpos bronceados y las caipirinhas serán siempre ajenas. Mientras tanto, por aquí quedan la pava, el mate, el cartón de vino y las paredes sin pintar. Y encima, afuera empieza a llover.

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LA ABOLICION DEL TRABAJO
BOB BLACK


NADIE DEBERIA TRABAJAR NUNCA


El trabajo es la fuente de casi todo el sufrimiento del mundo. Casi cualquier mal que se quiera nombrar viene de trabajar o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.

Esto no significa que tengamos que dejar de hacer cosas. Significa crear una nueva forma de vida basada en el juego, en otras palabras, una revolución lúdica. Por “juego” entiendo también festividad, creatividad, convivencia, camaradería, y quizá incluso el arte. Hay más en el juego que el juego de niños, aún siendo éste tan valioso. Llamo a una aventura colectiva de alegría generalizada y exuberancia libremente interdependiente. El juego no es pasivo. Sin duda todos necesitamos un montón más de tiempo para la pura vagancia y la flojera que el que disfrutamos ahora, sin importar los ingresos y la ocupación, pero una vez recuperados del agotamiento inducido por el empleo casi todos nosotros queremos actuar.

La vida lúdica es totalmente incompatible con la realidad existente. Curiosamente -o quizá no- todas las viejas ideologías son conservadoras porque creen en el trabajo. Algunas de ellas, como el marxismo y la mayoría de formas del anarquismo, creen en el trabajo aún más fieramente porque creen en muy poco más.

Los liberales [1] dicen que deberíamos terminar con la discriminación en el empleo. Yo digo que deberíamos terminar con el empleo. Los conservadores apoyan las leyes sobre el derecho a trabajar. Siguiendo a Paul Lafargue, yo apoyo el derecho a la pereza. Los izquierdistas están a favor del pleno empleo. Como los surrealistas -sólo que yo no estoy bromeando- yo estoy a favor del pleno desempleo. Los trotskistas incitan a la revolución permanente. Yo incito a la rebeldía permanente. Pero si todos los ideólogos abogan por el trabajo (y así lo hacen) -y no sólo porque planean hacer que otra gente haga el suyo- son extrañamente reticentes a decirlo. Hablarán incesantemente de salarios, horas, condiciones de trabajo, explotación, productividad, beneficios. Hablarán alegremente de cualquier cosa menos del propio trabajo.

Estos expertos que se ofrecen a pensar por nosotros raramente comparten sus conclusiones sobre el trabajo, pese a lo sobresaliente que es en la vida de todos nosotros. Entre ellos discuten sutilmente los detalles. Los sindicatos y los gerentes están de acuerdo en que deberíamos vender el tiempo de nuestras vidas a cambio de la supervivencia, aunque regatean sobre el precio. Los marxistas creen que nos deben mandar los burócratas. Los libertarios [2] creen que nos deberían mandar los hombres de negocios. A las feministas [3] no les importa quien mande, con tal de que sean mujeres. Claramente estos traficantes de ideologías tienen serias diferencias sobre como dividir el botín del poder. Igual de claramente, ninguno de ellos tiene objeción alguna al trabajo como tal y todos ellos nos quieren mantener trabajando.

Quizás te preguntes si bromeo o hablo en serio. Bromeo y hablo en serio. Me gustaría que la vida fuese un juego, pero un juego con apuestas altas. Quiero jugar para siempre. La alternativa al trabajo no es sólo la indolencia. Pese a todo lo que valoro los placeres del letargo, nunca es más valioso que cuando alterna con otros placeres y pasatiempos. No estoy tampoco promoviendo la dirigida válvula de escape disciplinada por el tiempo llamada “ocio”. El ocio es no-trabajo por el trabajo. El ocio es el tiempo perdido recuperándose del trabajo y en el frenético pero inútil intento de olvidarse del trabajo. La diferencia principal entre el trabajo y el ocio es que en el trabajo al menos te pagan por tu alienación e irritación.

No estoy jugando a juegos de definiciones con nadie. Cuando digo que quiero abolir el trabajo, quiero decir exactamente eso. Mi definición mínima de trabajo es tarea obligatoria, es decir, producción forzada. Ambos elementos son esenciales. El trabajo es producción impuesta por medios económicos o políticos, por la zanahoria o el palo. (La zanahoria es simplemente el palo por otros medios). Pero no toda creación es trabajo. El trabajo nunca se hace por su propio interés, se hace para conseguir algún producto o resultado que el trabajador (o, más a menudo, algún otro) obtiene de él. Esto es lo que el trabajo necesariamente es. Definirlo es despreciarlo. Pero el trabajo usualmente es aún peor que lo que su definición decreta.

Usualmente el trabajo es empleo, esto es, trabajo asalariado, que significa venderte a plazos. Así el 95% de estadounidenses que trabajan, lo hacen para algún (o algo) otro. En la URSS [4] o Cuba o Yugoslavia o cualquier otro modelo alternativo que pueda aducirse, la cifra correspondiente se aproxima al 100%. Sólo los sitiados bastiones campesinos del Tercer Mundo - México, la India, Brasil, Turquía - cobijan temporalmente concentraciones significativas de agricultores que perpetúan el arreglo tradicional de la mayoría de trabajadores en los últimos milenios, el pago de impuestos (= rescate) al estado o una renta a terratenientes parásitos a cambio de que por lo demás les dejen en paz. Incluso este crudo trato está empezando a parecer bueno. Todos los trabajadores industriales (y de oficina) son empleados y están bajo el tipo de vigilancia que asegura el servilismo.

Pero el trabajo moderno tiene peores implicaciones. La gente no sólo trabaja, tienen “trabajos”. Una persona hace una tarea productiva todo el tiempo sobre la base de no tener otra opción. Incluso si la tarea tiene un grado de interés intrínseco (como no ocurre con cada vez más trabajos) la monótonía de su exclusividad obligatoria lo vacía de su potencial lúdico. Un “trabajo” que podría implicar, por pura diversión, las energías de algunas personas por un tiempo razonablemente limitado, es sólo una carga sobre aquellos que tienen que hacerlo cuarenta horas a la semana sin tener voz en cómo podría hacerse, en beneficio de unos propietarios que no contribuyen en nada al proyecto, y sin ninguna oportunidad de compartir tareas o extender el trabajo entre quienes realmente tienen que hacerlo. Este es el mundo real del trabajo: un mundo de torpeza burocrática, de acoso y discriminación sexuales, de jefes estúpidos que explotan y culpan a sus empleados, quienes - bajo cualquier criterio racional-técnico- deberían dirigirlo todo. Pero el capitalismo en el mundo real subordina la maximización racional de la productividad y el beneficio a las exigencias del control organizativo.

La degradación que experimentan la mayoría de trabajadores en su empleo es la suma de indignidades surtidas que puede ser denominada como “disciplina”. La disciplina consiste en la totalidad de controles totalitarios en el lugar de trabajo. La disciplina es lo que la fábrica, la oficina y el almacén comparten con la prisión, la escuela y el hospital mental. La disciplina es el distintivamente diabólico modo moderno de control, es una intrusión innovadora que debe ser puesta en entredicho a la primera oportunidad.

Así es el “trabajo”. El juego es justamente lo contrario. El juego es siempre voluntario. Lo que de otra manera podría ser juego es trabajo si es forzado. Jugar y dar están relacionados muy de cerca, son las facetas conductista y transaccional del mismo impulso, el instinto de juego. Ambos comparten un aristocrático desdén por los resultados. El jugador obtiene algo del juego; por eso juega. Pero la recompensa principal es la experiencia de la propia actividad (cualquiera que sea). Algunos atentos estudiosos del juego, como Johan Huizinga (Homo Ludens) lo definen como juego organizado o seguimiento de reglas. Respeto la erudición de Huizinga pero rechazo enfáticamente sus restricciones. Hay muchos juegos organizados buenos (ajedrez, béisbol, Monopoly, bridge) que están gobernados por reglas pero en el juego hay mucho más que jugar siguiendo reglas. La conversación, el sexo, el baile, el viaje -estas prácticas no están gobernadas por reglas- pero con seguridad son juegos si es que algo lo es. Y se puede jugar con las reglas al menos tan fácilmente como con cualquier otra cosa.

El trabajo es una burla de la libertad. El discurso oficial es que todos tenemos derechos y vivimos en una democracia. Otros infortunados que no son libres como nosotros tienen que vivir en estados policiales. Estas víctimas obedecen órdenes quieran o no, no importa lo arbitrarias que sean. Las autoridades las mantienen bajo vigilancia regular. Burócratas estatales controlan incluso los menores detalles de la vida cotidiana. Los funcionarios que les dan órdenes sólo responden ante sus superiores, públicos o privados. De una forma u otra, la disidencia y la desobediencia son castigadas. Chivatos informan constantemente a las autoridades. Se supone que todo esto es algo muy malo.

Y así es, aunque no es nada más que una descripción del lugar de trabajo moderno. Hay más libertad en cualquier dictadura moderadamente desestalinizada que un lugar de trabajo estadounidense ordinario. Encuentras el mismo tipo de jerarquía y disciplina en una oficina o una fábrica que en una cárcel o un monasterio. Un trabajador es un esclavo a tiempo parcial. El jefe le dice cuándo ha de aparecer, cuándo ha de irse y qué hacer mientras tanto. Te dice cuánto trabajo tienes que hacer y a qué velocidad. Es libre de llevar su control a extremos humillantes, regulando, si le apetece, las ropas que vistes o con que frecuencia vas al baño. Con unas pocas excepciones puede despedirte por cualquier razón, o por ninguna razón. Hace que te espíen chivatos y supervisores, acumula un dossier sobre cada empleado. Sin aprobarlo necesariamente para ellos tampoco, es notable que los niños en casa y en la escuela reciben el mismo tratamiento, justificado en su caso por su supuesta inmadurez. ¿Qué dice esto de sus padres y maestros que trabajan?

El degradante sistema de dominación que he descrito gobierna la mitad de las horas de vigilia de una mayoría de mujeres y de la enorme mayoría de hombres durante décadas, a lo largo de la mayor parte de sus vidas. Para ciertos propósitos no es demasiado engañoso llamar a nuestro sistema democracia o capitalismo o -mejor aún- industrialismo, pero sus verdaderos nombres son fascismo de fábrica y oligarquía de oficina. Cualquiera que diga que esta gente es “libre” es un mentiroso o un estúpido. Eres lo que haces. Si haces un trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo probable es que acabes siendo aburrido, estúpido y monótono. Las personas que son reglamentadas durante toda sus vidas, entregadas al trabajo al salir de la escuela y que, como en un paréntesis, están limitadas por la familia al principio y el asilo al final, están habituadas a la jerarquía y psicológicamente esclavizadas. Su entrenamiento para la obediencia en el trabajo pasa a las familias que inician, reproduciendo así el sistema en más de una manera, y a la política, la cultura y todo lo demás. Una vez drenas la vitalidad de la gente en el trabajo, probablemente se sometan a la jerarquía y la opinión de los expertos en todo. Están acostumbrados. (...)

El sentimiento prevaleciente, universal entre los jefes y sus agentes y también ampliamente extendido entre los propios trabajadores es que el trabajo es inevitable y necesario. No estoy de acuerdo. Ahora es posible abolir el trabajo y reemplazarlo, en tanto que sirva a fines útiles, con una multitud de nuevos tipos de actividades libres. Abolir el trabajo requiere atacarlo desde dos direcciones, la cuantitativa y la cualitativa. Por una parte, del lado cuantitativo, tenemos que recortar enormemente la cantidad de trabajo que se hace. Actualmente, la mayor parte del trabajo es inútil o aún peor y simplemente deberíamos librarnos de él. Por otra parte - y creo que esto es el meollo del asunto y el nuevo punto de partida revolucionario - tenemos que tomar el trabajo útil que quede y transformarlo en una variedad placentera de pasatiempos parecidos a juegos o a actividades artesanas, indistinguible de otros pasatiempos placenteros, excepto que resulta que estos dan lugar a productos finales útiles. Seguramente esto no va a hacerlos menos tentadores. Entonces todas las barreras artificiales de poder y propiedad podrían venirse abajo. La creación podría convertirse en recreo. Y todos podríamos dejar de tenernos miedo unos de otros.

No sugiero que la mayor parte del trabajo pueda salvarse de esta forma. Pero es que la mayor parte del trabajo no merece que se intente salvarlo. Sólo una pequeña y decreciente fracción del trabajo sirve a algún fin útil independiente de la defensa y reproducción del sistema laboral y sus apéndices. Directa o indirectamente, la mayor parte del trabajo sirve a los fines improductivos del comercio o el control social. De inmediato podríamos liberar a decenas de millones de vendedores, soldados, gerentes, polis, agentes de bolsa, clérigos, banqueros, abogados, maestros, caseros, guardias de seguridad, publicistas y todo el mundo que trabaja para ellos. Hay un efecto de bola de nieve puesto que cada vez que se retira a algún pez gordo se libera también a sus lacayos y subordinados. Así la economía implosiona.

El 40% de la fuerza de trabajo son trabajadores de cuello blanco, la mayoría de los cuales tienen algunos de los trabajos más aburridos e idiotas que se hayan inventado. Industrias completas, como las aseguradoras, la banca y las inmobiliarias, no consisten de nada más que de inútil papeleo. No es accidental que el “sector terciario”, el sector de servicios, esté creciendo mientras que el “sector secundario” (industria) se estanca y el “sector primario” (agricultura) casi desaparece. Debido a que el trabajo es innecesario excepto para aquellos cuyo poder asegura, los trabajadores son trasladados desde ocupaciones relativamente útiles a otras relativamente inútiles como una medida para asegurar el orden público.

Después podemos meterle el hacha al propio trabajo de producción. No más producción bélica, energía nuclear, comida basura, desodorantes de higiene femenina - y por encima de todo, nada más de industria automovilística. Así, sin intentarlo siquiera, ya hemos virtualmente resuelto la crisis energética, la crisis medioambiental y otro surtido de problemas sociales insolubles.

Finalmente, hay que acabar con la que es con mucho la ocupación más extendida, la que tiene horarios más largos, la paga más baja y algunas de las tareas más tediosas. Me refiero a las amas de casa que se encargan del trabajo del hogar y el cuidado de los niños. Aboliendo el trabajo asalariado y logrando el pleno desempleo socavamos la división sexual del trabajo. La familia nuclear como la conocemos es una adaptación inevitable a la división del trabajo impuesta por el trabajo asalariado moderno. Si te libras del patriarcado, líbrate de la familia nuclear cuyo “trabajo en la sombra” no pagado, como dice Ivan Illich, hace posible el sistema laboral que la hace necesaria. Ligadas a esta estrategia no-nuclear están la abolición de la infancia y el cierre de las escuelas. A los niños los necesitamos como maestros, no como alumnos. Tienen mucho que aportar a la revolución lúdica porque son mejores jugando que los adultos. Los adultos y los niños no son idénticos pero se volverán iguales mediante la interdependencia. Sólo el juego puede tender un puente sobre la brecha generacional.

Lo que realmente quiero ver es el trabajo convertido en juego. Un primer paso es descartar las nociones de “trabajo y “ocupación”. Incluso actividades que tiene algún contenido lúdico pierden la mayor parte de éste al ser reducidas a trabajos que cierta gente, y sólo esa gente, es forzada a hacer con exclusión de todos los demás. Bajo un sistema de rebeldía permanente, seremos testigos de una Edad de Oro del diletante que avergonzará al Renacimiento. No habrá más trabajos, sólo cosas que hacer y gente que las haga.

El secreto de convertir el trabajo en juego, como demostró Charles Fourier, consiste en organizar las actividades útiles para aprovechar mejor lo que a distinta gente le gusta hacer en distintos momentos. Para hacer posible que alguna gente haga las cosas con las que podrían disfrutar sería suficiente con erradicar las irracionalidades y distorsiones que afectan a esas actividades cuando se ven reducidas a trabajo. Segundo, hay algunas cosas que a la gente le gusta hacer de vez en cuando, pero no demasiado rato, y sin duda no todo el tiempo. Podrías disfrutar cuidando niños durante unas pocas horas para estar en su compañía, pero no tanto tiempo como sus padres. Los padres, por su parte, aprecian profundamente el tiempo que les liberas para que puedan estar solos, aunque se inquietarían si se les separase demasiado tiempo de su progenie. Estas diferencias entre los individuos son las que hacen posible una vida de libre juego. El mismo principio se aplica a muchas otras áreas de actividad.

Tercero, otras cosas que son insatisfactorias si las haces a solas o en un ambiente desagradable o siguiendo órdenes de un superior, son placenteras, al menos durante un tiempo, si se cambian esas circunstancias. La gente despliega su ingenio, por lo demás desperdiciado, para hacer un juego de los trabajos esclavizadores y menos atractivos. Las actividades que atraen a alguna gente no siempre interesan a todos, pero todo el mundo tiene al menos potencialmente una variedad de intereses y un interés en la variedad. Como en el dicho, “todo una vez”. No tenemos que tomar el trabajo de hoy día tal como lo encontramos y adjudicarlo a las personas apropiadas. Si la tecnología tiene un papel en todo esto no es tanto automatizar el trabajo hasta sacarlo de la existencia como abrir nuevos campos para la re/creación. Hasta cierto punto quizá queramos volver a la artesanía, que William Morris considerable un efecto probable y deseable de la revolución comunista. El arte sería recuperado de las manos de los snobs y los coleccionistas, abolido como un departamento especial que alimenta a un público de élite, y sus cualidades de belleza y creación restauradas a la vida integral de la que fueron robadas por el trabajo. Es una idea reveladora la de que las vasijas griegas sobre las que escribimos odas y que exhibimos en los museos fueron usadas en su época para almacenar aceite de oliva. La cuestión está en que no existe el progreso en el mundo del trabajo; en todo caso, lo contrario. No deberíamos vacilar en hurtarle al pasado lo que tenga que ofrecer, los antiguos no pierden nada mientras nosotros nos enriquecemos. La reinvención de la vida cotidiana significa ir más allá de los límites de nuestros mapas. Hay, es cierto, más especulación sugerente que lo que sospecha la mayoría de la gente. Además de Fourier y Morris -e incluso algún indicio, aquí y allá, en Marx- están los escritos de Kropotkin, los sindicalistas Pataud y Pouget, los anarcocomunistas antiguos (Berkman) y modernos (Bookchin). Communitas de los hermanos Goodman es ejemplar al ilustrar qué formas se derivan de funciones (fines) dadas, y hay algo que recoger de los frecuentemente nebulosos heraldos de la tecnología alternativa / apropiada / intermedia / convivial, como Schumacher y especialmente Illich, una vez que desconectas sus máquinas de niebla. Los situacionistas son tan despiadadamente lúcidos como para ser estimulantes, incluso si nunca acabaron de cuadrar su aprobación del gobierno de los consejos obreros con la abolición del trabajo. De todos modos, mejor su incongruencia que cualquier versión existente del izquierdismo, cuyos devotos parecen ser los últimos campeones del trabajo, porque si no hubiera trabajo no habría trabajadores, y sin trabajadores, ¿a quién iba a organizar la izquierda?

Así que los abolicionistas estarán en gran medida solos. Nadie puede decir qué resultaría de la liberación del poder creativo embrutecido por el trabajo. Cualquier cosa puede ocurrir. La vida se convertirá en un juego, o más bien muchos juegos, pero no -como es ahora- un juego de suma cero. Si jugamos bien nuestras cartas, podemos obtener más de la vida que lo que ponemos en ella; pero sólo si jugamos en serio.

Nadie debería trabajar nunca. Trabajadores del mundo... ¡relajáos!

Bob Black
(Traducción: Carlos Barona) (*)

(*) La versión larga de este artículo se puede obtener en la página web de E. Z. o en un folleto editado por Likiniano Elkartea. Igualmente, ha sido editada en portugués por Crixe Luxuosa • Rua do Almada, 47-49 (á Bica) • 1200 Lisboa (Portugal).

http://www.youtube.com/watch?v=JBtzWKDR3bs

http://www.youtube.com/watch?v=aZUL2AYJh3Q

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[1] En EEUU, “liberal” equivaldría a lo que aquí se suele denominar “progresista”.

[2] “Libertario” en el sentido que se le da comúnmente en EEUU, de anarco-capitalista.

[3] Black parece ser muy contrario a determinadas manifestaciones del feminismo estadounidense, a las que considera excluyentes y autoritarias, como expone en su texto de 1983 “El feminismo como fascismo”.

[4] El texto original es de 1986, y esta referencia y otras posteriores se refieren al contexto de entonces.

 

TELEGRAMA DE DESPIDO

Estoy sentado en el umbral, con sol de siesta
después del cuarto saboreado cigarrillo
mirando mis zapatos armo versos
los que ayer tuve que escribir y no he podido…

Estoy solo en un refugio de poetas
sinceramente no me encuentro arrepentido
estuve preso hasta ayer cuando la fábrica
me liberó con telegrama de despido…

Hoy desperté temprano
sin prisa tomé mate
y pude ver volar un parajito
pude sentarme en el umbral
a escribir versos
y di a mis ojos el paisaje mas sencillo.-

Llega la noche y veo la ciudad muy lejos
y en esta casa abandonada estoy tranquilo
me divierto entre versos y guitarra
en este paraíso inadvertido…

Con un poco de ramas hago fuego
y junto al mate hablaré conmigo mismo
tal vez la soledad me inspire un verso
y hasta el papel me haga correr enloquecido…

Y al patrón le digo y a todo su directorio
que por echarme una noche se han reunido
que he recibido la indemnización y gracias
por su oportuno telegrama de despido.-

Letra/Música:Tito Moretti

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