AGRUPACIÓN DE CROTOS LIBRES

Cristina Larice de Roura

Julio Alfonso

Ilda L.País

Roberto Osvado Munyau

 

Escritores Marpletenses   

 de Cristina Larice de Roura

Hijo de Dos Lágrimas

Mi provincia lleva sobre su piel
toda la libertad y grito de las pampas
que hechos agua

nos persiguen todavía
para recordarnos sus hazañas.

Yanquetruz Pincén, el indio Gómez
sin darle tregua a sus lanzas
lucharon por lo suyo hasta el cansancio
hasta ser pasto, ceniza, viento, roca, alga...
y así nos acompañan.

No hace mucho, desde lejos
llegaron los abuelos a esta pampa
apenados, muy solos
sin amigos, sin infancia, con su nada
llegaron a ti verde provincia
verdecobija, verdegaviota, verdemaga
a edificar sus sueños y su ternura,
a enraizar sus afectos y su casa.

A nosotros hijos de dos mundos
de dos pasiones
dos paisajes
dos lagrimas
nos duele el dolor de los antiguos dueños
y nos duele el dolor del inmigrante.

Hoy buscando el sentir del bonaerense
del país total, de lo indoamericano
desgrano en mi canto el lenguaje embravecido
entre los jazmines blancos.
Me retumba en el alma el lamento aborigen
y me pica en la sangre la cruz del desarraigo.


La Argentina Solidaria

Revisó el mueble de la cocina,
el carro de las verduras.
la heladera y nada, absolutamente nada,
Su marido había salido a buscar trabajo.
La lluvia le empapaba la esperanza,
le inundaba el alma,
cuando le estaba por sacar la sonrisa
salió de su casa con una bolsa cargada de cosas:
seis coladores, casettes, un sacón nuevo, carteles que decían:
-Apoyo escolar - Clases de Guitarra - Ingles -
A la hora volvió a su casa cargada con:
huevo, pescado, acelga, papas, zanahoria, cebollas, rosquillas,
una tetera de porcelana antigua,
seis posavasos con paisajes norteños,
pintados por un conocido artista plástico,
tres alumnos
y la esperanza renovada.
En ese lugar se conecto con muchas personas
que en estado de desesperación, como estaba ella,
recobraban la alegría de trocar.
Cuando salió del Nodo, le hizo pito catalán
a los amargados de siempre, los que reniegan del país
y a la crisis económica,
Llego a su casa empapada pero feliz
hoy sus hijos comen.

Después contaría a todos que estaba naciendo
la Argentina solidaria

 

12 de junio Dìa Mundial contra el trabajo infantil


            
El destino en ancas

            
Tamara, Soledad y Florencia
alquilan burritos en las Termas
llevan el destino en ancas
cabalga un penoso silencio con ellas
Las miradas ariscas delatan
al peligroso adulto que asecha 
sujetan las riendas de la vida
trabajo infantil, tristeza
la familia necesita
 las monedas
 hechas pan, papas, harina o pella
para la honda olla 
que nunca se llena
y se cocina
 con el fuego lento y cruel
de la miseria.
Ojalá la vida
 las vuelva un día 
a la niñez, al juego y a la escuela.

              
 

 

****

de Julio Alfonso

Ser analfabeto

Mi ignorancia es extrema, agobiante, y aunque sé leer y escribir, hay ciertos analfabetismos de los que no estoy exento. Son muchos, pero uno de ellos es el más notable: no sé, nunca aprendí a leer miradas femeninas. Se me dirá, con justa razón, para qué las quiero, si ello no es lo más importante que nos puede brindar una mujer. A quien así opine, he de advertirle que con una mirada de mujer, precisamente, comienzan los grandes incendios o el deshielo más silencioso, que es el de la pasión. Además, si uno es versado en ese tipo de mensaje, el que toda mirada femenina lleva impreso, allanamos el camino, tomamos calles que nos dejan justo en la esquina del calor impar de un beso o de un abrazo, por no avanzar más en la cosa laberíntica.

Pero mi ignorancia es mucho más vasta que lo expuesto. Soy el agraciado poseedor de otros analfabetismos. Además del mencionado, debo sumar no haber aprendido a leer silencios. Sólo conozco los míos, tan prolongados en livianas percepciones, que sólo saben perder tiempo, silencio creativo que me divierte a veces, y en otras me deja pensando lo mal que viven quienes no se animan a leer sueños, pues han perdido motivación, el rumbo de lo soñado. A veces, suele ocurrir, olvidamos qué cosa buscamos. Y hasta suele ocurrir que estamos frente a lo buscado y no lo vemos, pues alguien nos movió las piezas del horizonte, viéndonos involucrados en otra rutina que nunca contó con la anuencia de nuestros proyectos. Me llevó lejos el aleteo. Sólo quise decir que conozco mis silencios, pero no sé leer el de la mujer que eventualmente me desvela. Cuando ella calla, me pierdo, penetro en un desierto no habitado por palabras, sino por mi mesmedad. Entonces, ella sonríe a perpetuidad, estatua que sonríe. Al decir así, he presentado en sociedad a otro de mis analfabetismos. Es que nunca aprendí a leer sonrisas de mujer. Cierta vez, alguien me enseñó a deletrear risas y carcajadas femeninas, pero al tiempo me hartó esa práctica y dejé ese estudio de humanidades vanas para mejor oportunidad. A quien era mi maestra en eso de leer carcajadas, le pregunté si me podía enseñar a deletrear, aunque más no fuera, sonrisas, pero mi instructora, luego de carcajear brutalmente, me dijo que desconocía mecanismos o método alguno, que ese tipo de lectura sólo se aprende con los años. Fue cuando le contesté que al llegar a viejo, me serviría de poco leer sonrisas de mujer. Recuerdo que mi instructora dejó la risa a un costado y adoptó el silencio, ése que es mi ignorancia más noble.

Dicen los hombres sabios en cuestiones femeninas, que cada mujer tiene un aroma muy especial, que lleva años saber leerlo, pues guarda más de una lectura. Cuentan, además, que es una mezcla mágica, metafísica, química de los sentidos que se origina al confrontarse el aroma de su piel con los cosméticos dados por la naturaleza, que se pone en acción al inmiscuirse con la suma de todas sus emociones, como cuando les nombran un ser querido.

Pues bien; ese perfume de mujer, también forma parte del listado de mis analfabetismos. Al encontrarme frente a ella, no sé ni siquiera deletrear su aroma. Lo único que he aprendido en ese aspecto, es ese perfume a arena y sal que ostentan al salir del mar, sensación cierta, pero que no me dice nada, porque ese aroma es patrimonio de todas. Para jactancia de mis males, a ningún hombre sabio en mujeres se le ha ocurrido poner academia o crear escuelas, para que analfabetos de mi estirpe aprendan a leer miradas, sonrisas, aromas y silencios de mujer.

Ellas, las dueñas de ese mecanismo de comunicación humana, tan personal que no existen dos iguales, podrían enseñarme a leer sus mensajes, tan distantes de mi saber y mi entender.

Tal vez tenga razón aquel señor, jubilado en desamores, que me dijo (elevando su índice)que no me agobie mi analfabetismo, que es eventual, que no he llegado a entender esos mensajes porque no soy el destinatario, que un día de éstos, el menos pensado, habré aprendido a leer aquellas lecturas, complejo idioma feminista que hoy no está en mis conocimientos.

Si alguna vez tenemos la oportunidad de estar frente a frente, le imploro, querida lectora, que su mirada, su silencio y su sonrisa no me escriban textos complicados, con oraciones de muchos períodos, porque soy iletrado en esas lecturas. Piense, usted, que recién estoy con los primeros palotes, sí, en la primaria de sus arcanos mensajes.

 

El aroma de una mañana cualquiera


Aquella mañana tenía un olor distinto, no percibido antes por mi incor-dio de sensibilidad. No era ese olor a pescado que la brisa del sur suele traer desde la banquina de pescadores; tampoco semejaba el aroma de las cafeterías céntricas a la hora de la molienda diurna; no provenía de los inciensos de la santería que pervive vecina a Dios, recostada a la sombra de la Catedral, y tampoco al empinado uniforme de los tilos que le hacen guardia de honor a la Diagonal Juan Martín de Pueyrredón. Era un olor distinto, nunca sentido por mí. ‘Si la tristeza tuviera aroma, sería éste’, -pensé. Y para colmo de males –me dije-, estos temas no pue-do conversarlos con cualquiera, quiero decir, con nadie: ¿quién habría de creerme cuerdo si pregunto de dónde proviene ese olor a tristeza que se ha instalado en la mañana, señora, señor, niños que os atrevéis a encarar estas líneas? Es evidente que hay temas que nacieron para morir dentro de uno, como la vez que al cruzar Plaza San Martín le pre-gunté a una muchacha ombligo al aire, si ella también sentía el lamento de aquella flor, margarita a quien le arrancaban pétalos con el solo fin de encontrar un me quiere mucho, poquito, nada. Recuerdo que la joven utilizó un oxímoron para contestarme ‘quizá Ud. tenga razón, señor, pero está más loco que gallina atada a la soga’.

Uno se desvive por ser y parecer común ante los otros, por más que esos otros estén pensando y sintiendo lo mismo que piensa y siente uno. Pero las cosas no son ni blancas ni negras: son grises y está bien. Tal vez las charlas cotidianas sean todas ficticias, sólo máscara, envase protector, códigos para parecernos a los demás, pues la consigna global es vivir clonados, cuando en realidad, y bajo piel, somos otros muy distintos; gente que oye el lamento de esa flor a quien le arrancan sus pétalos como si fuesen uñas, pero uno no lo proclama por temor a ser tildado de estúpido o no le crean, o quizá por simple egoísmo, por pensar y creer que uno es el único que sabe sentir de esa manera, aunque la verdad sea otra: que todos perciben de modo secreto ese olor a tristeza que a veces tiene la mañana o escuchen el lamento de la flor sometida.

Somos muy hipócritas; sólo conversamos sobre las bondades de una buena lluvia que favorezca al campo, lo fresca que se presenta la maña-na o que el verano que viene será más benigno en turistas que el ante-rior, por aquello del dólar y cierta reactivación laboral de poca creencia. Nos une lo externo, lo que gira a nuestro alrededor. Aquel resplandor agachado que vive adentro nuestro es propiedad privada, reducto inex-pugnable, nuestra única y verdadera vestimenta. Si nos la quitamos se nos verá desnudos. Y estos días, noble es saberlo y poder decirlo en un medio público, no son muy apropiados para andar con las vísceras al aire.

Luego de cavilar largamente sobre este tema, emparentado con la cosa sensible, dejé mis cavilaciones en los cestos de residuos de la Peatonal y me encaminé hasta donde vivo. En la puerta del edificio, el portero hacía guardia con su fusil de escoba en el hombro y mate en mano.

El granadero uniformado con ropa grafa, me regaló un gesto que se me ocurrió venia militar.

El hombre quiso cruzar unas palabras conmigo, tal vez para conocerme la voz, pues no soy de echarme a hablar:

-¿Qué tal, compañero? ¿Usted siente lo mismo que siento yo? Es un olor raro en el ambiente, no sé cómo explicarlo -. Luego husmeó con su nariz orientada hacia la marquesina del edificio -¿Lo siente?

-¡Sí, claro que lo siento; es el típico olor a tristeza!

Se lo dije alto, con soberbia y fastidio en la voz, para que el tipo pudiera confirmar aquello que, posiblemente, pensara de mí.

-¡Usted dio justo en el clavo, compañero! ¡Ese olor es de tristeza...! –dijo alegre, desfachatado, triunfal.

Luego, harto y sin más palabras, oprimí con furia el botón del ascensor y esperé que el pesado y lento carromato viniera a rescatarme de aquella eventual empatía.

Qué raro que tarde tanto...


Algo lo habrá demorado: es que tiene tantos inconvenientes el camino...

Hay rutas donde algunos señores queman neumáticos viejos, para que ese humo nuevo y oscuro sirva de extraña pancarta, donde se dejen leer consignas de pan, de broncas y de trabajos. Es interesante haber aprendido a interpretar las palabras que dibuja la humareda si uno no es analfabeto en temas sociales. Tal vez ese necesario percance es quien lo demora. Sí, es probable.

Él sabe que todos lo esperamos. No desconoce que estamos sin luz, que durante la mañana nos enganchamos en el sol, pero la noche es prólogo de siglos, y las luciérnagas que le pedimos prestada a nuestra infancia, están huérfanas de nosotros y caen cual estrellas desclasadas por el espacio. Algo hubo de haberle pasado para que su demora cumpla años, tantos o más que la misma espera.

Me acodo en la ventana y veo que todos dirigen sus vistas hacia el horizonte. Pero ahí no se ven vestigios de vida, ni un movimiento, ninguna polvareda que anuncie un cambio, un latido en el paisaje externo. Hay gente asomada en los balcones, gente que otea el horizonte combado, donde se unen, en extraña comunión, el cielo y el mar teñidos por la última voluntad del crepúsculo: otros corren las cortinas de trapo de sus ranchos orilleros, y se asoman para ver si viene el que originó esta larga espera: si hasta los perros orientan hacia ese horizonte sus resignados ladridos y sus hocicos plenos de garrapatas.

Qué raro que tarde tanto. El señor que maneja el carrito lleno de cartones y diarios viejos se ha detenido en una crucifixión de esquinas, poniéndose a mirar lejos, con su mano que oficia de visera. Luego gira y junta los dedos en son de ‘¿y?’. Le contesto como corresponde, levantando los hombros mientras abro los brazos, lenguaje paratextual que hablamos sin horrores de sintaxis.

No viene. Es que tiene tantos inconvenientes el camino... Algo ha ocurrido: tal vez no pudo eludir la mano férrea del invierno que todo traba; quizá no pudo pagar el peaje. Eso pudo ser. Lo imagino explicándoles que necesita pasar, que le esperan, que hay gente sin luz, los enganchados al sol, que no quiere ser insultado por el resentimiento de la decencia pobre, que mañana vengo y les pago, que la frontera es el hambre. Pero no, no dejarán que prosiga su camino hasta nosotros: ya se sabe como son los hombres que administran esos peajes, carecen de vísceras. Eso pudo haberle ocurrido, aunque no sé: la imaginación sobrevuela imposibles si no tiene lugar firme donde detenerse.

Pero cuanto demora. Algunos se impacientan, comienzan a insultar. Esto certifica lo que uno ha dicho tantas veces: cuando hay pobreza económica, el empobrecimiento también llega a la lengua. Después de ciertas palabras, uno ya no es el mismo, pues todo lo que pasa deja sombras.

Qué raro que tarde tanto. Ahora ya no veo gente asomada en los balcones, en las ventanas de sus casas o abriendo las cortinas de trapo de sus ranchos: ahora están todos afuera. Utilizan su libertad para asomarse a ver si viene. Y uno se siente como si el mundo se hubiera roto o hubiese desaparecido la base de sustentación, y nadie sabe lo que es. Sólo espera, pero ahora lo hace mientras camina en pos de lo esperado, de lo que supuestamente está en camino. Algunos aconsejan no salir a buscarlo, que puede haber desencuentros, que es probable que venga por caminos paralelos al nuestro, que no siempre son ideales, que crisis significa oportunidad, que pensemos antes de obrar, porque no es pobre el que piensa, que no olvidemos a Goethe, quien decía que el éxito hasta se puede mendigar... Sólo palabras, anacolutos arrojados como dados. Lo único cierto es que sólo esperan los que nunca van a llegar a ser calle, los que han cambiado su pobreza por otra en el extranjero, quienes están convencidos de que su destino sólo puede mejorar con un hecho fortuito o el gesto de algún Mesías vestido de túnica, sandalias y corbata.

Sólo quienes viven en esos barrios semejantes a Paraísos Fiscales sonríen sin esperas y sin saber un ápice de la nuestra.

Al acodarme otra vez en la ventana, veo que algo se ha roto en el espacio, que el cielo es una polvareda de estrellas, mientras el Cerezo Jardín de la vereda de casa comienza a tirarme flores para aromarme la espera.

Un recuerdo


Nos presentó una amiga en aquel pequeño bar que pervivía acurrucado sobre la medianera de la Universidad, cuando Onganía era rector de nuestra libertad. Recuerdo que su mano apretó con fuerza mi mano, gesto que me gustó, pues mi filosofía barata y callejera, me inculcó que los que así saludan son personas nobles. Recuerdo que sus ojos me parecieron semejantes al gesto de sus manos, y más que mirar parecían querer entrar en los míos, sitiarlos con preguntas emanadas del silencio. Así lo dictaba mi fantasía, siempre extravagante, la que se derrumbó cuando su voz cascada dijo adiós, llevándose a su dueña.

Cuando iba para el centro siempre terminaba mi andar en ese barcito. Yo decía que me gustaba estar en él, pues era pequeño, cálido, hecho a medida de mi ánimo y mis bolsillos, siempre tan relacionados. Pero mi fantasía era encontrarla, oír su voz, ver la claridad de su mirada. No sé: a veces hay un sentido más laburador que otros, y ese sentido me decía que aquella piba tenía algo muy especial, fuera del ordenamiento con que algunos enmarcamos a las mujeres: le sospechaba un dejo de misterio, pues su voz y su mirada hacían trabajar horas extras a mi holgazana imaginación y a mi ambiguo entendimiento. Una de las veces que mis ansias concurrieron al café, sentí una voz cascada que me decía ‘cómo estás, tanto tiempo sin verte’. Pedí dos cafés y nos quedamos no sé cuantas estrellas, cuantos siglos en el bar. Me contó de sus estudios de ciencias económicas, que administraba el negocio del padre, que era de poco hablar y que le contara mi vida. Le dije sí, cómo no, pero que tendríamos que vernos más seguido, pues la historia de mi vida estaba fragmentada en muchos capítulos, una larga batalla donde he muerto mil veces y mil veces me he puesto de pie para atender amablemente a mis despojos. Me contestó que no había dramas, ‘dame tu teléfono y nos encontramos ni bien pueda’. Se despidió con un beso en la mejilla y una mirada: a uno se lo llevó el agua que esa tarde caía para siempre: la mirada aún la guardo. Es la que a veces me elige los más bellos paisajes del alma.

Ni bien llegaba a casa, lo primero que hacía era preguntarle a mamá ¿llamó alguien, vieja? ¡‘Por supuesto! Llamaron Charly, el Pato y Oscar’. ¿Y del sexo diablo, vieja? ‘Del sexo diablo, como decís vos, nadie: parece que andás pobre, che’. Cierto día atiendo una llamada. Era ella. ‘Necesito que me pases a buscar a las siete de la tarde: estaré en la esquina de Irigoyen y Avellaneda’. Luego cortó sin más. Fui a la cita. Se hicieron las siete, las siete y media. Ya no viene –pensé-. Pero llegó. Me pidió que no le hiciera preguntas, ‘pues hoy tengo muchos problemas’. En un esfuerzo sobrehumano le dije que si prefería dejábamos el encuentro para otra vez: pero me contestó que no, que fuésemos hasta el mar, ‘hace mucho tiempo que no lo veo’. Luego me pidió que estuviéramos en silencio, que se sentía bien a mi lado, pero sin palabras, sin gestos, pero también sin caricias, sin besos. De vez en cuando cambiábamos una mirada, de ésas que semejan ecos. Antes del chau prometió llamarme, y desde la ventanilla susurró ‘disculpame, algún día te explicaré todo’. Después prometió llamar o escribirme unas líneas. Y se fue. Pero sucedió algo curioso: no me sentí solo.

Durante varios días viví esperando su llamado. Mis amigos me notaban preocupado, silente. El día domingo ya no iba al Estadio San Martín como otras veces: quedaba en casa en espera de su llamado, de una señal, un guiño, algo. Y ese algo llegó en forma de carta: en ella me explicaba sobre su compromiso, que en dos meses se casaría, que eso no tenía regreso por temor al peor de los escándalos, el familiar. Decía, también, que me quería y deseaba verme una vez más. Y esa vez más se concretó durante una lluvia y cinco besos: aún tengo en mis manos el perfume de su piel y en mis ojos su mirada indeleble.

Hoy, ante un descuido imperdonable del olvido, alguien dejó la puerta abierta y entró el recuerdo. Éste tomó mi lapicera y susurró su nombre lejano. Yo pedí a los míos que pusieran mejor cuidado con las puertas, que debían estar bien cerradas siempre. El recuerdo, entonces, se sintió ofendido, me dejó su nombre doblado adentro del día, cual un diario, y se fue. Y yo, con las letras de ese nombre (el que sólo se me cae para adentro), he escrito estas líneas que firmo y declaro, líneas que me ayudan a soportar las horas vanas, los días huecos que amanecen sin mí, los siglos grises que he cumplido y represento.


Sin palabras

Hoy amanecí sin palabras. Ni triste ni nostálgico: sin palabras. Las busqué por donde suelo hallarlas, pero no las vi ni en los libros ni en los borradores del alma; tampoco en la tristería, esa posada de penurias que vive en los arrabales de la prosperidad, donde ellas, las palabras, a veces pernoctan y se empecinan en convertir hambre, analfabetismo y lodo en hechos artísticos.

Quizá se alejaron de mí porque les di mal trato, no las socialicé lo suficiente o las usé para reptar sobre mi ego, en vez de darles categoría de alas; o tal vez hoy no acudan en mi ayuda porque se enamoraron de algún escriba que las sedujo al prometerles una vida más digna, con balcones de vistas al futuro. Uno nunca sabe qué cosas piensan las palabras; son tan parcas... Y si nunca les pregunté por qué vinieron a mí aquella vez que con ellas encendí un mundo nuevo para poderme aislar de éste tan ensombrecido que me ofrece paisajes de rutinas y avaricias, no me parece justo preguntarles ahora los porqués de sus ausencias y silencios, por más que el escriba no pueda martillar conceptos y sentires cuando la tarde apaga su fragua.

Uno es responsable de las palabras que susurra o grita, pero también de las que omite, las que guarda en el centro de su silencio. Explicar ese susurro o aquel grito es fácil; explicar el silencio suele ser tarea rayana en lo increíble. ¿Cómo decir, sin ellas, que los edificios no crecen, que nacieron sin vísceras, que sólo son altos huesos habitados por sombras que sólo tienen permiso para soñar? ¿Cómo declarar, sin ellas, que uno no quiere una palabra por su forma sino por lo que ilumina? ¿Y cómo explicar, si amanecimos carentes de palabras, que el sujeto de la existencia es vivir, no ofrecer ilusión de vida? Imposible si no están conmigo las palabras.

Mi ánimo barajó las cartas. Yo corté. Luego, ese ánimo empezó a cartear. Cuando comencé a orejearlas, vi que no había salido ni oros ni copas ni espadas ni bastos, que sólo había ligado silencio. Fue cuando comencé a tomar naipes del descarte, que es el último recurso que en ocasiones nos brinda la vida. Por eso hoy salió silencio. No importa: así es la carta que ese gran banquero que es el tiempo nos ha dado. Y si es cierto que la vida es juego, hoy me tocó un naipe vacío de toda intensión. ¿Debemos aceptarlo como viene? Se me dirá que aún tiene vigencia el recurso del engaño, tan de boga en éstos y otros días; pero de nada sirve trampear, tener un as de triunfo bajo la manga si en el balcón de los ojos tenemos una lágrima a punto de arrojarse al vacío porque el eje del mundo ostenta lamentos de engranajes, pues nadie lubrica su proseguir de noria desdentada y los niños buscan en la calle a ese hombre que algún día serán si antes no los para una bala, la droga o un reformatorio, trilogía idónea para no llegar a hombre.

Hoy amanecí así, lejos de mis asuntos. Asumo el silencio como corresponde. El lunes que viene tal vez vengan mis amigos, los adjetivos, junto a sus adláteres, sustantivos y diptongos a despertar mi abulia, esta pobreza de hoy. Y yo les abriré la puerta, pues tengo la costumbre de atender sus llamados, sin importarme su desnudez o la ropa usada que traigan puesta, historias y evocaciones que se prenden a mí como quien dice nunca me olvides, escriba.

Necesito las palabras, pues alguien debe encender la chispa que deje inaugurado el alba durazno; alguien debe decir que a esta hora, exactamente, hay una casi niña ‘haciendo calle’ y también un anciano que ofrece un siglo de su vida por enamorarse una vez más, al tiempo que gasta su jubilación comprando rosas, amaneceres y sermones de estrellas.

Hoy sólo tengo silencios. Dentro de mí sólo se escucha el reuma de las ramas, la voz de mi vecino desocupado, que pide en el kiosco -‘por un ratito, no más’- el diario, por si un lunes de éstos halla en el Rubro Empleos su esperanza, mientras la inocente musiquita del afilador pasa, sin saber que el tiempo llevó consigo la última chispa que nos regalara sus mágicas manos.

Hoy me sumo a esa inmensa manifestación de silencios que camina muy lento hasta el ocaso del discurso a sueldo, a esa columna de gente que piensa en secreto silencio un nombre querido y lo guarda para que nadie lo aje. Y me sumo a los que caminan detrás de un sueño plural y silencioso. En él, quizá nos veamos. Creo que no tendremos mayores dificultades en encontrarnos: nos reconoceremos por la forma de mirar y leer la vida.

Pedir perdón

Perdón no deja de ser un hermoso término, una de las tantas palabras que cobija el frío pero inexpresivo diccionario. Ese infinitivo cobra vida cuando va acompañado por el concepto que lo origina, o dos consultas por el mismo precio: ¿por qué? ¿para qué? Es sumamente fácil pedir perdón cuando la culpa es barata, como cuando en el colectivo nos pisan un pie o los dos. Esa es una pena remisible, ¿ve? por más que nos duela; pero si los militares del ’76 hicieron desaparecer un familiar nuestro, ese perdón tiene otra estructura emocional, un contenido inaceptable. Es que pedir perdón por algo que sucedió en el pasado (reconozco la obviedad, nadie se disculpa por un ilícito que ha de cometer mañana) sólo implica un esfuerzo moral, en el mejor de los casos. Pero démosle más luz a este pensamiento: pedir perdón es gratis. Sólo nuestra conciencia conoce el costo real de lo que ocurre adentro nuestro.

Todos sabemos a quién debemos perdón; todos sabemos quiénes nos deben perdón. Esa fórmula de remisión de la pena no es standard; hay grados de diferencia en toda culpa. Una cosa es que nos pisen el pie (perdón por reincidir en ejemplo tan burdo) y otra que alguien haya devastado un país o fulano mate a zutano o perengano.

El perdón supo tener períodos de moda, ha pretendido oficiar de válvula de olvido, orientado hacía la búsqueda de complicidad de la opinión pública, para que ella lo comparta en nombre de otros. Hay hechos históricos casi notables: Clinton lo hizo con los estadounidenses por aquel romance con la bien alimentada Mónica; en el año 2000, el Vaticano pidió perdón por la Inquisición; el renunciante De la Rúa pidió perdón a los judíos porque Argentina cobijó nazis después de la Segunda Guerra Mundial; el Congreso de los Estados Unidos se disculpó ante los hawaianos por la participación de aquellos en el derrocamiento del Reino de Hawai hace un siglo (los iraquíes y el pueblo yanqui hoy esperan idéntico gesto de Bush, que en ese juego de ‘por si las moscas’ ha perdido); militares argentinos pidieron disculpas en nombre de aquellos camaradas que colaboraron en la caída de Isabel Perón (si leemos con cuidado, veremos que quien pide esa gracia, siempre lo hace en nombre de terceros). Llenaríamos el diario de ejemplos, sin omitir aquella bandera que en el Mundial de Fútbol ’86 rezaba ‘Perdón, narigón’.

El perdón total, en muchos casos no existe, no puede ser, por más que lo recitemos. Hay algo que es inamovible: el castigo radica en su eternidad. Hay crímenes que no admiten la palabra perdón, que quienes lo cometieron no debieran pedir clemencia, pues jugaban los juegos que habían deseado. Además, es inútil: el perdón no remedia ni redime, la culpa no muere jamás, ni aun con el culpable; la culpa lo sobrevive. Para mal de sus males, ni siquiera existe el Río Leteo, donde con una enjuagada se dejaban los malos recuerdos. Si el culpable no se siente así, es porque alguien ha muerto dentro de él. Esa es su muerte real, aunque pise la misma vereda que trajinamos nosotros, aunque pague todos los impuestos, lave sus dientes tres veces al día o concurra a misa una vez a la semana. Shakespeare lo resuelve con mayor solvencia (vaya novedad, escriba) cuando dice que en el crimen está el castigo.

Algún día alguien deberá pedir perdón por otro crimen: haber generado esta pobreza estructural que comprobamos a diario. Quien no la vea así, que se asome a los resumideros de la ciudad. ¿Qué busca aquel señor y su prole? ¿Van por papeles que tengan escrita alguna poesía trunca, por el anhelado vellocino de oro de la fábula hebrea o buscan sinceramente restos de comida? Alguien deberá decirles, puesto que ellos no son los que leen el diario, precisamente, que les indicaron erróneamente el camino, que la felicidad tiene dirección opuesta a la basura y que no embolsen las perimidas brújulas halladas en los basureros públicos, porque son falsas, tienen borroneado el norte y congelado el sur.

‘Perdón por la tristeza’ rezó Cesar Vallejo. Nosotros también extenderemos un listado de pedidos de remisión: perdón por el analfabetismo, por la pobreza, por el desamparo, por estas palabras que no calman la sed ni mitigan el hambre inculcado.

Viaje hasta el quirófano

Dedico este escrito a los doctores Carretero, Brandt, Bordenave y Metler. Es un mandato de mi aprecio.

Uno, por lo general, corre el colectivo sin cansarse, pese a los puchos; tiene las pulsaciones firmes y parejas, pese a los reclamos del FMI; ve bien, si ver bien significa divisar una vaca a cinco metros de distancia. Es decir: uno anda bien de salud, hasta que siente un tironcito aquí, ¿ve?, dolor cuya persistencia hace que al día siguiente nos encontremos en la sala de espera de ‘nuestro médico’.

Luego de saludar a los que esperan ser atendidos, nos sentamos junto a ellos, quienes nos tiran una burocrática mirada, como quien dice ‘zas, llegó otra víctima’. Después, cansado de esperar, uno se dedica a mirar los diplomas que hablan a favor del médico, certificados que sólo nos muestran los triunfos, pero que nada dicen de empates en tiempo suplementario. En una de esas, cuando leíamos una revista deportiva con el comentario del último partido jugado por Atlético Lomas versus Alumni Footbal Club, aparece una agraciada señorita diciendo ‘pase el siguiente’. Y el siguiente, vaya casualidad, es uno. Luego del saludo y de la exposición del porqué de mi consulta, el galeno me hizo una invitación que hasta ese momento ningún hombre me había hecho: ‘abajo los pantalones, amigo’. Una vez sin ellos, me hizo recostar en la camilla. Entonces comencé a sentir sus dedos. Más que tocarme, me ejecutaba en Sol sostenido. De cuando en cuando venía la consulta ¿duele aquí? Se dio cuenta de que me dolía ‘aquí’ por el rodillazo que le di en el arco superciliar derecho. Antes del conteo hasta diez, se tomó de las sogas, se puso de pie y se sentó en el rincón, mientras decía ‘la solución es quirúrgica, tenés que ir urgente al cuchillo, es una hernia peligrosísima, que puede estrangular en cualquier momento’.

Luego de la cosa burocrática vino la orden de internación, y que me operarían a las ocho de la mañana. ‘Me voy a aburrir de modo soberano’, pensé. Pero no fue así. A las diez de la noche apagaron todas las luces. Y con ese sencillo ademán comenzaron los lamentos en esa sala, donde éramos seis los internados. Un hombre que estaba a mi izquierda, conectado con tubos de todos los tamaños, decía tener sed. Entonces fui hasta el baño y le alcancé un vaso con agua. Mi vecino de enfrente, al ver que yo podía moverme, me pidió que le bajara la cama, pues le dolía todo. Me acosté. Y cuando estaba por dormirme, el anciano de la otra punta de la sala, comenzó a quejarse de fuertes dolores. El hombre no alcanzaba el timbre, por eso oprimí el mío para que acudiera la enfermera. Así fue mi primer noche en el hospital. Estuve de guardia, un residente más, no dormí, un poco porque pensaba en la operación, y otro tanto por ese sonido nocturno que tienen los hospitales, lamento de voces que cantan a coro dolores intransferibles, miserias que desconocíamos en nosotros, esas que duelen mucho más que las heridas y la soledad.

Horas después, una ninfa Egerea me dice ‘buen día, son las seis’. Era una linda muchacha vestida de enfermera. ‘Estoy soñando o ya estamos en el cielo’, pregunté. Me informó que estábamos en el planeta Venus y que venía a afeitarme. Le contesté que había venido bañadito y afeitado. Pero ella no venía a afeitarme la barba... Momentos después me vi en el quirófano, rodeado de gente con barbijo, ocultándose –me dije-, por si las moscas. Me anestesiaron. Poco a poco sentí que medio cuerpo ya no me pertenecía. Mi brazo izquierdo estaba conectado a la vida; mi mano derecha estaba conectada al cielo, pues era tomada por una enfermera que tenía mandato de ángel. De vez en cuando, ella acariciaba mi frente y mi rostro con toda ternura, como una hija puede acariciar a su padre. Y uno no se explica, luego, con qué riquezas pagar tanto respeto al prójimo. Con gente así, no todo está perdido, aún hay esperanza, filosofé. ‘Quedate tranquilo, todo marcha bien, falta muy poco’. Y a mí se me ocurrió pensar que esa chica debía ser muy feliz en la vida, al margen de lo que ganara; de no ser así, no podría brindar tanto afecto a pacientes que, días después, ya en sus casas, la olvidarían como yo, que ni siquiera supe su nombre. Por eso, a vos, que eras dulce, plural y sonriente, dueña de un candor que anestesiaba todo, fuese queja, miedo u olvido, te digo gracias con estas palabras que no requieren vuelto, con las que pude armar tu afecto, tu natural calor humano, no siempre técnico o sugerido desde alguna competente jefatura.

Para que las palabras me disculpen

Una de mis palabras más buscadas, la más virgen (no por esa eventualidad deseada), se escurre por el océano lechoso y erial de mi cuaderno, pues no quiere ser sometida a mi premeditado ayer y se subleva.

Mi ambición de escriba persiste en perseguirla hasta que se oiga el dolor de sus huesos bajo la contextura de mi candor, que ella purifica, aunque se declare enamorada de otro escritor, cuyo significado no le corresponde.

Un poeta vacante, que ayer se divorció de su palabra al encontrarle desgarrada la enagua cuando la descubrió de amores con la organizada emoción de un soneto, se plantó ante mí y me dijo: mire, viejo, a la camisa hay que mancharla de hastío todos los días, persiguiendo callejeras palabras que tienen la costumbre de huir para adelante, y que a veces hasta caen exhaustas, mucho antes que el relámpago herido de un poeta –que ha vendido su porvenir al desgano- las alcance. Creí entender que se refería a las soberbias palabras, las que saben morir sin consultarnos.

Pero yo desoigo lo oído y obro como presiento, que eternamente ha sido mi modo de obrar: arrojo una palabra al suelo y espero una lluvia bienhechora de sentidos, luego un resultado.

Los poetas jubilados de esperas, anclados aún en una añeja fracción de llanto, me aguardan en el recodo del ocaso para señalarme con el índice de acompañar estrellas derrumbadas: ‘la palabra es insepulta, estimado aprendiz de escriba. Y si debe plantarla para ejercer alguna maquillada ulterioridad, hemos de aconsejarle que lo haga en la espuma del cielo o adentro de la luz que nunca olvida’.

Pero la palabra que ansío y desconozco, que necesito para dar luz a mi poema inicial y gracias a su ausencia trunco, se esconde de mí. Y en ese acto me ciega.

Es que siempre quise saber y apresar el sabor de cada palabra, descifrar su emoción, desguazar sus detalles y entender aquello que se oculta detrás de su significado diverso, el que carece de cruces, aunque uno sospecha su sombra (cierta vez quise perseguir dicha sombra, verificar el lugar preciso de su arribo. Hube de cejar en el intento, porque cuando alguien quiso instruirme sobre las destrezas del vuelo, recordé que ya había exonerado mis alas).

Siempre me pregunté cuál es el lugar final de las palabras; si mueren, si resucitan, sin son insepultas en el mármol o en los libros. Creo que nunca lo sabré, porque tampoco he capturado, alguna vez, la perfección de su reflejo, ése que a veces titila feroz en mis dactilares.

Confieso que las utilicé para perfumar la oquedad de la pobreza ajena; declaro que las trasplanté en baldíos de arena en vez de darles relieve de justicia. En ello no soy distinto a algunos diarios, los que sólo les dan albergue transitorio.

Ahora, qué lástima no tener edad para arrodillarme; qué lamentable es no tener voz para anunciar disculpas; qué pena que mis manos –ayer conexas- hoy no hallen acuerdos para aprisionar un inofensivo Oremus, que tenga ambiciones de vindicación.

No importa. Después del punto final, las palabras juzgan a quien las dilapida. Ellas dirán si la pena se paga con ráfagas de gloria o cancerberos de olvido.

A veces, asomada en la fundada posteridad de un espejado patio de Borges, o dando su pezón más rabioso a un famélico silencio de Arlt, esa palabra parece decirme, ‘no me persiga Ud., señor escriba; no he nacido para albergue de sus latidos; estoy abierta y subordinada a otra necesaria imperfección; la que debe ostentar cualquier fantasía que tenga olor humano. Ya ve, estoy comprometida con ese aletear que a Ud. le ocasiona sombras irreparables. No obstante, le pido un último favor: no deje usted de buscarme, aquí en la tierra o donde arriben sus desvelos; yo también necesito saber si alguna vez seré suya’.

(Quién pudiera ganar una palabra que nunca muera y nos perdone, que su sonido esté cantando siempre, allende quien la escriba.)


Su identidad, por favor

Siempre fue preocupación del hombre de otros tiempos darse a conocer, que los demás supieran quién era, cuál su domicilio, su modo de ser, de pensar y ganar la vida.

El hombre de la prehistoria resolvía esa cuestión sin prescindir de cierta lógica, al dejar afuera de su caverna de un ambiente, aunque algo profundo, una señal, un guiño social, un simple elemento que sirviera para su identificación; a falta de nombre lo identificaba su tarea manual, cuando sus manos le servían de oficio, la que empleara para darle de comer a su prole y al fiel Mamut, que hacía las veces de Rottweiler o simple perro atorrante y callejero.

Gracias a esas manos, en la boca de cada cueva se podía ver un pez tallado, mientras en caverna vecina, alguien se dedicaba al cocido de cerámica para que sus pares lo identificaran por sus vasijas, las que también utilizara a modo de canje, toma y daca acorde a sus necesidades.

Otro tanto sucedía con los pescadores, los fabricantes de cuchillos de sílex o hachas de roca, sin olvidar las flechas de madera y los telares.

Pero no es nuestra intensión abundar en ejemplos, en parte porque esa abundancia es proclive a espantar lectores, y en parte, también, porque demasiados ejemplos no abundan en nuestro hilvanado saber.

Que las mencionadas citas sirvan para sospechar que el hombre de la prehistoria quiso darse a conocer, que por ese motivo primero jugó a fabricar, luego jugó a pensar, como anticipándose a aquello que decía el loco Descartes: ‘Pienso, luego existo’.

Antes de proseguir con esto, que no tiene ambición de ensayo, cabe el elogio al pulgar, conocido en el barrio como dedo gordo, quien, para muchos estudiosos, fue motor de progreso: gracias a su carácter prensil, activó el cerebro del hombre primitivo, para que éste pudiera pensar y trabajar los elementos de cada era, es decir: la piedra, el bronce, el hierro. Disculpen la digresión, que tampoco está exenta de espantar lectores.

Salvando la distancia y los tiempos, instalémonos en zonas marplatenses que conocemos como barrios, los que hoy tienen nombre propio, lugares donde éste que escribe hubo de recabar información para escribir la historia que le contaran los vecinos memoriosos, hechos barriales calcados en sus inicios y necesidades. Luego de entrar en fotografías amarillentas, habremos de azuzar nuestra imaginación gracias al decir de quienes poblaron aquellas zonas. Entre sus recuerdos y testimonios de diarios viejos, será posible llegar hasta el porqué de ese parangón que hicimos con los barrios marplatenses y la prehistoria. Las calles periféricas de aquella Mar del Plata de entonces eran de tierra y carecían de nombre que las identificara. Fue cuando los vecinos decidieron colocar carteles, los que determinaban quién vivía en tal lugar y la ocupación que tenía. Cada casa solía ostentar en la puerta el nombre y apellido de su morador: ‘Familia de Fulano’, ‘Sra. Zutano’, ‘Sr. Perengano’, y así todos. Esas placas, sumadas a las de algunos oficios o profesiones, tenían como fin darse a conocer, y para que amigos y familiares no se extraviaran al ir de visita.

En estos tiempos, ya en el centro de la ciudad como en los estoicos arrabales, son pocos los que quieren identificarse como aquel hombre de la prehistoria o aquellos vecinos de la periferia marplatense, exceptuando, claro está, profesionales, escuelas o comercios.

Ocurre que hoy nadie tiene interés en que lo conozcan; es mejor pasar inadvertido, pues el hombre presiente que ha triunfado la sospecha y el temor, pánico a que alguien se adueñe de nuestras tenues riquezas o use de rehenes a nuestras bien ganadas miserias, concebidas gracias a nuestra necesidad de competir por un lugar entre los conceptos burgueses.

Es utópico, pero cuánto más sabríamos de nosotros si en nuestras puertas hubiera carteles que rezaran ‘Desocupado’, ‘Tipo Corrupto’, ‘Donante de Órganos’, ‘Poeta’, ‘Ladrón de Gallinas’, ‘Artista Fileteador’, ‘Gestor de Utopías’ u ‘Opositor Subvencionado por la política rastrera’, entre otras leyendas.

Sí, tiene usted razón, estimada lectora, respetado lector: que este escriba deje ya de ocultar su nombre.

Perfume de ayer

Alguna vez hemos hablado sobre las potencias que no están desarrolladas en nosotros, como la sensibilidad. Decíamos también desconocer su alcance, que éramos analfabetos de ella, y que sólo habíamos aprendido lo que nos permitieron aprender, la sensiblería, por ejemplo, que no es más que un sentimiento humilde. Es que nadie nos enseñó a descubrir y analizar los sentidos ocultos, metafísicos si Ud. quiere, como ver otro paisaje dentro del paisaje, o sentir ese latir que vive adentro de cada palabra bien plantada, así como el perfume que adquieren ciertas memorias. ¿Nunca le ocurrió que de pronto, como por arte de magia nos envuelve un profundo aroma que creíamos perdido? Son perfumes de ayer, los que a veces regresan para ver si estamos. ¿Cuál de ellos le gustaría regresar? ¿Aquel aroma a naranja de las tardes de fútbol? Para que ello suceda debemos evocar a don Pepe, el naranjero que se estacionaba en la vereda de Marconi y Colón, cancha de Quilmes. Aquellas naranjas solían no cumplir con nuestra sed, sino volar sobre la cabeza de un arbitro, quien por entonces era nuestro único enemigo uniformado.

Otro perfume lejano era la crema que mi viejo usaba para afeitarse. No digo su marca porque aún está en las estanterías de los grandes almacenes. Sólo diré que era de color verde clorofila. Recuerdo que cuando el pote -que era bajo y redondo- quedaba vacío, mi viejo me lo regalaba para que lo hiciera rodar junto a mi inocencia, de la que aún conservo su sombra de recuerdo. A veces ese perfume viene a mí, y con él el recuerdo de papá. Son perfumes que retornan para que no nos olvidemos de quiénes fuimos cuando fuimos, como aquel aroma de las aulas del colegio, el que se modificaba en las escuelas rurales. Esos olores a veces regresan hasta mis días. Vienen a colorear recuerdos y quebrar grises rutinas sin aromas. Y uno permite que aquellos lejanos perfumes lo invadan. Es cuando uno sonríe, aunque nadie lo note. Algunas de nuestras sonrisas, aún nos pertenecen.

Mi primer amor tenía también un aroma muy especial. Prevalecía sobre el nombre de quien originara ese sentimiento irreparable. Y no hablo del perfume que ella comprara en la mercería del barrio. Mi referencia es a otro aroma, perfume de mujer, el que su piel me regalara a escondidas de los prejuicios, que por entonces vivían en las inmediaciones de la estupidez, ese arrabal de la ignorancia. Ese perfume lo perdí, ve. Y sé que no está en otra mujer. Y digo más: si ella regresara desde ese territorio que mi pereza intelectual llama recuerdo, no tendría el aroma de entonces. Sí. Tiene Ud. razón: si ella estuviera leyendo estas líneas, es probable que pensara exactamente lo mismo que el que escribe. Los años modifican a su antojo nuestra química interior.

¿Qué perfume de ayer suele visitarlo a Ud.? No crea: no es malo retornar algunos recuerdos. Lo importante es sentir, poner en marcha aquella sensibilidad que motivó este escrito, el que no trascenderá la historia de los estudios sociales o humanos, por suerte.

Debemos incentivar la cultura de la sensibilidad, recordar que ella no significa saber quién es uno, sino saber quienes son los demás. Algún día hablaremos sobre el progreso de la espiritualidad.

Para Sócrates, la filosofía era intercambio de sensibilidades entre vecinos. Mientras filosofaba acerca de las nubes y de las ideas o se extasiaba con el zumbido de un mosquito, no aprendía aquellas cosas que le eran más útiles para la vida. El sostenía que el hombre sensible debía mantenerse apartado de lo material, que aquél que aspire a vivir entre los hombres debe abstenerse de todo lo que fuera político para dedicarse a sentir los impulsos íntimos, espiritualidad tan poco cultivada. Qué saludable sería que algunos de nuestros políticos siguieran el ejemplo de Sócrates (no exageremos: la cicuta, no), el que dijo que el sentir debía ser una urgencia colectiva.

Gary Cooper ya no viene


‘Ustedes dos, que son lungos, vayan a atender las cabinas telefónicas del primer piso. Eso sí: de traje y corbata, eh’. Así nos habló a José y a mí el jefe de operadores telefónicos del Hotel Provincial, donde éste escriba trabajó durante nueve años. La consigna del jefe era que atendiéramos, durante el primer Festival de Cine Internacional (1954), el espacio donde se celebrarían las fiestas más importantes: el lugar rodeado de columnas del hall central del primer piso, luego denominado, si mal no recuerdo, salón Dag Hammarsjold, en homenaje al sueco que obtuviera el Premio Nobel 1961. Esas columnas en círculo se veían adornadas por un extenso corralito de flores -valga el neologismo-, de setenta centímetros de alto. Dentro de ese gran círculo florido habían ubicado el escenario, donde todas las noches se realizaban reuniones danzantes para las delegaciones de los países que intervenían en el flamante evento. Las coquetas cabinas telefónicas, daban de frente al gran escenario, vecinas a los ascensores. Recuerdo que aquellos bailes eran animados por la orquesta de Aníbal Troilo, que como cantantes tenía a Jorge Casal y Raúl Berón. Los años transcurridos, en complicidad con mi torpe memoria, no me permiten recordar el nombre de la agrupación de jazz, aunque sospecho que su director era Eduardo Armani, un gran señor a quien mi viejo, que era mecánico, le arreglaba el Packard azul. Juan Carlos Ginés y Julio César Barton, eran los animadores.

La primer noche no pudimos disfrutar del espectáculo, gracias a los muchos pedidos telefónicos a Buenos Aires y al exterior. La segunda jornada comenzó como la primera, pero con serios problemas que obraron a nuestro favor: todos los pedidos de línea fueron interrumpidos, pasando a la nomenclatura de ‘llamada condicional’, que en buen romance quería decir ‘vas a hablar si sos brujo, hermano’. Cerramos las cabinas y nos dispusimos a regresar al conmutador central. Fue cuando le dije a mi compañero: ‘Decile al jefe que ya voy, que me quedo dando las explicaciones del caso y ordenando planillas’. Cuando José se marchó, entré a la pista bailable, quiero decir, al círculo de flores. Lo primero que hice fue acercarme donde se hallaba la delegación italiana. Puse la mira en los claros ojos de una actriz cuyo apellido era Rocco (recuerdo todo de ella, sus medidas, su perfume, su sonrisa, pero no su nombre, quizá por ser lo menos adecuado para nombrarla). Luego la invité a bailar jazz. Cuando la orquesta terminó su rutina, comenzaron los tangos. Seguimos bailando al ritmo de ‘Pichuco’. Le indiqué los pasos del tango, ‘tres y uno, bambina, como el caballo del ajedrez. Y si seguís las indicaciones de mi mano, ésa que está haciendo conjeturas con tus breteles, no te vas a perder’, le dije, mejor dicho, tuve ganas de decirle, o -debo confesarlo-, debí haberle dicho. Bailamos hasta que la orquesta finalizó su rutina. Lo cierto es que ella aprendió algo más sobre tangos, y yo aprendí a escuchar tres veces ¡no! en el idioma del Dante o de Nicola Paone, eso va en gusto.

Durante los días que duró el festival, oímos infinidad de rumores sobre el ambiente artístico. El más notable era el referido a una declaración de Gary Cooper, que por esos años era nuestro actor preferido. Gary Cooper había dicho, cuando lo invitaron al festival del ’54: ‘¿Argentina? ¿Dónde queda eso? ¿Africa, Asia? No, ni por todo el oro del mundo puedo ir a un lugar desconocido’. Dicen que por eso no vino al festival el protagonista de ¿Por quien doblan las campanas?, El llanero o A la hora señalada. Sus declaraciones nos dejaron muy tristes (es noble aclarar que la tristeza no tenía los argumentos que esgrime en estos días); es que todos los muchachos caminábamos como él, sonreíamos como él y mirábamos de soslayo -como él-, a nuestros rivales de un club vecino.

El que escribe había visto todas sus películas; salía del Cine San Martín balanceándose al caminar, mirando de soslayo hacia los costados para comprobar si lo seguían los malditos malhechores que alguna vez mandó a la cárcel y que ahora, libres, lo buscaban para vengarse. Pero (permiso, me cansó la tercera; paso a primera), al mirar a mi costado sólo veía a tres cómplices de sueños irrealizables: el Pato Gomenzoro, Cacho Quiroga y Panno, mis secuaces amigos de siempre. Tampoco veía a Grace Kelly, Kim Novak o Ingrid Bergman.

En la colonia artística de los argentinos estaban todos: Angel Magaña, Tita Merello, Hugo del Carril (fumaba tres atados de Particulares por día), Olga Zubarry, Natán Pinzón, Bataglia, Amelia Bence, los dos Sandrini, Luis y Eduardo, es decir, el ‘bueno’ y el ‘malo’. Y más, muchos más. Si cuento todo lo escuchado, voy preso. Sólo diré lo de Errol Flynn: en la cuarta o quinta noche del festival, el actor nos llama pidiendo que retiremos las tres mujeres tres, que quedaron olvidadas en su suite la noche anterior. Cuando llegamos, el actor braceaba en un mar de whisky, champán y perfume de mujer.

Afuera del hotel, una multitud esperaba a sus favoritos para el consabido autógrafo, actores y actrices que salían con custodia o huían por la playa de estacionamiento que da a Moreno y Buenos Aires o avenida Colón y Arenales, mientras que escritores, directores y músicos eran inadvertidos para el gran público, tan encandilado con los Flynn, los Pidgeon, los Jack Palance, Power, las Ava Garner, las Kim Novak.

El festival que finalizó en marzo del año pasado, se hizo en un país diferente al del primer festival. Aquel país pertenecía al primer mundo, cuando prestamos dinero a España, Italia y algunos países de Sudamérica para que salieran de la crisis, cuando no pensábamos que algún día nos iríamos al descenso en lo económico, en lo social, en lo cultural, hasta jugar en tercera. Ojalá que los próximos festivales de cine nos encuentren, al menos un peldaño más arriba. Es que debemos pensar en el ascenso gradual para llegar otra vez a primera, desde las raíces, sea en lo político, en lo social, en lo cultural, sí, aunque uno ya no baile con aquella hermosa italiana de los ojos claros, aunque Gary Cooper ya no venga.


Platón, la Diosa y las curitas


De las muchas tareas que en la cocina se realizan, pocas son tan gratas e impregnadas de suspenso como hervir leche. Pelar papas requiere cierto grado de concentración que no ostenta partir un tomate al medio. Lo reco-nozco, no soy necio. También sé que cortar cebollas es una tarea que linda con las lágrimas. Todos los trabajos en la cocina son importantes –que quede establecido-, pero ninguno como hervir leche. Se me dirá que no es necesario el hervor, que Pasteur (1857) dejó establecido que la fermentación se debe a micro emprendimientos de gérmenes en desarro-llo. Está bien, pero, por favor; no se me quite el beneficio bien ganado de la ignorancia, así como el derecho de estancarme en el tiempo, atributo que sólo era patrimonio de algunos políticos y que ahora está al alcance de casi todos. En esa tarea estaba (no la de política estanco, sino hirviendo leche) cuando alguien golpea la puerta de casa. Abro y aparece un señor de traje y corbata blandiendo un paquete de curitas. Antes que promocionara su mercancía alcancé a decirle ‘espere un momento, buen hombre, tengo el fuego encendido’. ‘La Diosa Vesta’, dijo el hombre. Cerré la llave del gas y regresé donde aguardaba el vendedor. No con cierta amabilidad, sino careciendo parcialmente de ella, le pregunté con voz de bajo: ¿Me pareció o Ud. me proclamó Diosa? El hombre -sin bajar el brazo que enarbolaba curitas- contestó ‘No, señor. La Diosa Vesta, como es de conocimiento público, tenía a su orden las Vestales, jóvenes bellas y castas que Zeus, por entonces capo del Olimpo, había encomendado cuidar el fuego, pues era creencia que si éste se extinguía terminaba la vida. ¿Aclarado?’. ‘Perdón por la intromisión –dijo un vendedor de ajos que se ubicó detrás del otro ambulante-; si mal no recuerdo, esas niñas cumplían esa tarea hasta los treinta años. Luego, al ser reemplazadas por jóvenes doncellas, quedaban en libertad’. El de las curitas respondió sin mirarlo: ‘Descartes también solía opinar sobre ese tema. Decía que entre la tierra y el cielo existía una estación llamada fuego’. ‘Claro –refutó el de las restras- ¡cualquier alumno de EGB lo sabe! ¡El hombre se refería al infierno, según mi saber!’. ‘Los agnósticos no pensaban así -retrucó el de las curitas-. Además, disculpe, pero está Ud. muy confundido; una cosa es la filosofía y otra su sabiduría de bachillero’. El señor de los ajos sintió el impacto y dijo: ‘Cualquier chabón sabe que la filosofía es la contemplación reflexiva del Universo, así como mi sabiduría es el conocimiento de la verdad, la ciencia absoluta adquirida por la reflexión, señor pórfido’. Desde su palidez, el vendedor de curitas levantó su voz como para ser oído por todo el vecindario, que a esta altura de la discusión alentaba a su preferido sobre tribunas compuestas de mesas, sillas, inodoros en condición de trueque y banquetas colocadas en la vereda: ‘¿Sabe qué cosa es usted? Un positivista, eso es, un discípulo de Augusto Comte’. ‘Peor es lo suyo -replicó el otro-; usted es ¡platónico! Lo supe desde que lo vi. Es como algunos gobernantes: buscan la República abstracta, la urbe donde no existan los artesanos y se expulse a los poetas. Esa era su filosofía del bien común: beneficio para unos pocos’. ‘¿Y qué me cuenta de Nietzche -dijo el otro mirando de soslayo a su barra brava-, cuando dice que hay un poder superior al poder, el deseo de poder?’. Sus hinchas lo ovacionaron arrojando papelitos al aire. Luego aparecieron las pancartas. Yo, cerré la puerta. Aún así oía gritos como ‘Sócrates, Platón, un solo corazón’ o la tribuna contraria con cánticos como ‘se siente, se siente, los racionalistas están calientes’. Luego todos se fueron llevando consigo su pasión de multitudes.

Yo encendí la hornalla y me dediqué a hervir leche, cosa que me apasiona. Pelar papas requiere cierto grado de concentración que no ostenta partir un tomate al medio, lo reconozco, no soy necio. También sé que cortar cebollas es una tarea que linda con lo culinario–trágico, como si comer, en estos días, tuviera el costo de las lágrimas.


Nomeolvides

Al abrir un viejo Atlas para constatar dónde han de levantar los yanquis su nuevo escenario de sangre y petróleo (¿Irán?), hallé un nomeolvides (buen lugar para plantar un recuerdo, eh). Se veía amarillo, como la vestidura de los ascetas, aunque sin ambiciones de perdón o misericordia. Estaba seco, encorvado (la vejez no marchita la identidad de lo que fuimos), lindando con Irak y los olvidos.

Noté en esa flor cierta asperosidad de contenido reproche, quizá por la cárcel de palabras donde fue remitida. Quise memorar quién me lo regalara, pero fue vano el empeño de mi memoria. Otro triunfo a favor del olvido -pensé.

A veces, el árbol cae durante una enorme, aunque pasajera tormenta, quedando su sombra como único testimonio de haber tenido, alguna vez, vertical anhelo. Ese nomeolvides es la sombra de alguna pasión tormentosa, aunque pasajera, como sus hojas. La flor era testigo clave de voces que se desvistieron de toda formalidad hasta ser correlato de besos, devaneo, sosiego de nieve y después distancia; flor arrancada para perfumar un libro omnisciente que sólo enumera mapas, lugares.

Algunos amores nos regalan cosas para que uno pueda ejercer con solvencia su descortés memoria, o tal vez con la delicada intención de decirnos, a través de un presente, que ayer el amor era posible. También suele ocurrir que esos obsequios sólo tienen implícita la egoísta pero humana intención de decirnos ‘cada vez que veas mi regalo te acordarás de mí’. A veces concretamos actos para que nos sobrevivan.

Aquella que puso en mi mano, en mi ojal y en mi libro este nomeolvides, se equivocó conmigo: olvidó plantarlo en mi corazón, cuando éste era fértil.

Uno también ha regalado nomeolvides. Y uno también ha sido olvidado. A veces ocurre que las palabras calientes, esas que en definitiva entibian el aire (no creo que haya objeción contra este argumento totalmente físico), enfrían, y al enfriarse tienen la virtud de quedar desintegradas. Y de aquel amor apasionado sólo queda esa pobre flor que uno llama nomeolvides, aunque se trate de claveles, rosas o humildes margaritas. A veces –en esto influye la dudosa calidad afectiva de quien ya no nos recuerda-, no es mal proyecto ser nomeolvides en la página de un día cualquiera.

Hay amantes que matan una flor para que sobreviva el amor (cuidado, escriba; Ud. ha tomado por el trajinado callejón de los aforismos económicos). Y suele ocurrir, ocurre, que ese amor es el que muere, mientras la flor prosigue sus días secuestrada entre las páginas de un libro, para peor de males cerca de Irak y los misiles. Es cuando los pétalos que simbolizaban el afecto de una pareja, pasan a ejercer el ya fue, el qué me importa. La pobreza del amor, si pudiera ser detectada, debería oficiar como la flor del libro: simple asistencialismo del recuerdo.

A quien me regaló esa flor pido disculpas por mi desprolija memoria. El olvido nunca fue mi plan de vida. Pasa que mi mente siente una cosa y otra mi corazón. Nunca se ponen de acuerdo los muy desgraciados; uno dibuja rostros, diagrama fechas, alienta perfumes; la otra, apaga todas las luces del alma y patea las piedritas que uno dejó al mejor estilo Adán, para recordar sus pasos en la maleza y poder regresar a su cueva. Por eso pido excusas a la damnificada por mi olvido: mi corazón y mi mente no saben vivir sin querellas.

Alguien, utilizando una flor, me dijo no me olvidarás. Yo planté su imperativo de ternura en un Atlas. Cuando quise recordar quién era, se me enredaron los aniversarios. Debo reconocer que no estuve amable con su afecto, pese a que nos amamos, parece, aunque no sé; visto a la distancia, el amor semeja un paisaje que perteneció a ese otro que se ha extraviado adentro de uno.

Todo este anacoluto fue para decir que he perdido aquel recuerdo. Si usted es la damnificada y lo encuentra, ruego que lo devuelva a esta editorial. Eso sí, esta chica: si tiene que tomar dos colectivos (cosa que uno no desea ni para quienes financian guerras), déjeselo a algún ciruja que esté reciclando olvidos; las cosas no están para gastar en pasajes y esperas por un recuerdo que -digámoslo de una-, ya no vale la pena.

No te mueras nunca

Noé, el último patriarca antediluviano, estuvo cincuenta y dos años construyendo el arca, esperando que todo el mal del Mundo se solucionara, que los hombres pudieran hallar la verdad. Por ese motivo su demora en terminar el navío. Está haciendo tiempo, diríamos hoy. Pero cierto día llegó la orden de Dios, cuando decidió destruir la Tierra con un diluvio, ordenando a Noé que colocara en el arca su familia y una pareja de cada especie animal. Entonces, ante el mandato de Dios y al comprobar que el diluvio ya era impostergable, Noé dio fin a la construcción del arca. Esta tenía tres pisos. En el primero iban los animales salvajes; en el segundo nivel, todas las aves, y en el piso tercero se podían ver los reptiles. Todas las especies, en organizado dimorfismo sexual.

Según estudiosos del tema, en el libro ‘Apocalipsis de Noé’ (o ‘Libro de Noé’, del que se conservan algunos fragmentos), se puede deducir que las tareas del patriarca eran por demás agotadoras. Debía recorrer varias veces al día los pisos de la barca para verificar si todo estaba en orden o para solucionar cualquier contratiempo; ya sabemos el carácter que ostentan las fieras; el gárrulo que provocan las aves, o el silencio letal que ostentan ciertos reptiles. Alguna leyenda dice que en una de sus habituales recorridas por el navío, Noé percibió serios problemas en el segundo piso del arca; graznidos, agudos piares y chirridos en son de guerra lo sobresaltaron. No con cierta calma, sino prescindiendo totalmente de ella, el patriarca escaló hasta el segundo piso. Ahí pudo advertir que todas las aves se veían nerviosas, enemistadas y hambrientas. Denotaban su disgusto con agudos sonidos que herían los tímpanos del patriarca y su familia. Todas las aves pedían algo, ya fuese comida, agua, espacio. El extenso viaje las había puesto en el colmo de la impaciencia. El abastecimiento de comida no fue solución para calmar la angustia y el hastío de tan largo viaje. Tampoco sirvió de mucho que Noé les dijera que ellas pertenecían a una raza privilegiada, que el Señor había resuelto permitirles sobrevivir al diluvio para que de ahora en más pudieran vivir y procrearse hasta la eternidad. En eso estaba Noé cuando de pronto, en el rincón más oscuro de la nave, descubre a un ave silenciosa, un ave que no se adhería a la garulla general. Era el ave Fénix. Ésta se veía inmutable y silenciosa en su rincón, alejada de toda protesta. Entonces Noé se acercó al ave inmensa, roja y callada para preguntarle: ‘¿Por qué tanto silencio, ave Fénix? ¿Por qué no pides cosas como las otras?’. Fue cuando el ave Fénix contestó desde su humildad, tan grande o más que su enorme cuerpo: ‘No pido cosas para no molestar, Señor. Usted está muy ocupado’. Entonces el patriarca dijo aquello que siglos después haríamos nuestro: ’No te mueras nunca, nunca’.

Desde entonces, esa ave que nació de la tradición judía, que luego pasó por Egipto, que sobrevoló Grecia y se instaló en la cultura romana, sigue renaciendo ejemplos desde sus cenizas, como aquello que no ha perdido sus valores, como un ser humano que se inmola para salvar la moral de lo que ama, como un país que tiene tres pisos sociales que debemos nivelar entre todos antes que alguien ordene un castigo, un diluvio social como única solución.

Ojalá que los fuertes vientos del Norte (o la impaciencia de las sufridas sudestadas), no se lleven lo único que nos queda después del derrumbe de los últimos años: nuestras propias cenizas. Desde ellas debemos resurgir luego del Apocalipsis de nuestra economía. Y ojalá tengamos la inmensidad moral de aquél ave mitológica, para molestar lo menos posible a quienes trabajan en rever y solucionar los problemas enquistados en nuestra mitología Nacional, males que sólo tienen solución ética y política.

Calles con cierto vuelo

Es muy probable que los primeros pobladores de la zona que hoy conocemos como Aeroparque, cierta vez hayan decidido, en reunión con sus pares, que las calles de ese barrio necesitaban tener nombre para la identificación domiciliaria. De ser cierta esta presunción, también cabe conjeturar que cierto día Fulano se acerca hasta el Consejo Deliberante de entonces, que en su mano lleva un petitorio con el nombre elegido para una calle, que Mengano y Zutano - renombrados concejales de entonces- hacen que se apruebe la petición, y que Perengano -a la sazón obrero municipal- tiempo después llegue al barrio enarbolando escalera, martillo y clavos para fijar en forma definitiva aquél apellido ilustre en una esquina. Cabe suponer (Por qué prescindir de solidarias hipótesis) que así, y no de otro modo, sucedieron las cosas.

No habremos de contar dos veces la misma historia, el por qué del nombre de las calles. Solo rozaremos alguna particularidad que en ese aspecto tiene el barrio Aeroparque. Muchas de sus calles tienen vuelo. Y al decir así nadie debe pensar que, quien subscribe estas pedestres líneas, pretende fijar una metáfora o cierta licencia poética, que tampoco se siente influido por el rasante estruendo de los aviones que, entre otras rutinas, ostenta la de ahuyentar pájaros o asolar la vecinal siesta. Cuando decimos "vuelo", vale aclarar, nos estamos refiriendo a las calles cuyos nombres pertenecen a aviadores que, por sus hazañas, quedaron en la historia de nuestra aviación.

En distintas ciudades de nuestro país (Y del mundo) se recuerda los nombres de los hermanos Wright, por ejemplo, que en 1903 dan el primer salto hacía las nubes a bordo de un aeroplano. Una calle de Buenos Aires recuerda al primer hidroavión (Plus Ultra), que en 1926 une nuestro país con España (Nunca tan oportuno el término Plus Ultra: locución latina que significa "más allá"). El francés Roland Garros, más conocido por un torneo de tenis que por sus hazañas aeronáuticas de ayer, fue el primer aviador que (1913) cruzó el Mediterráneo a 5500 metros de altura. Hay más arterias con vuelo. Charles Lindbergh también tiene su calle en un barrio porteño; en 1927 unió Nueva York con París en un vuelo tan solitario como dramático. Por supuesto; nuestras calles y barrios no olvidan a Jorge Newbery, padre de las alas argentinas que halló la muerte en Los Tamarindos, mientras se entrenaba para unir la ciudad de Mendoza con Santiago de Chile, vuelo que después pudo concretar Zuloaga, otro aviador nuestro, cuyo nombre llevan algunas calles y plazas del noroeste argentino.

La lista sería inabordable por extensa. Por ello, también por una cuestión de economía de espacio, jamás de olvido, no nos ocuparemos de detallar las hazañas de Antoine de Saint Exupéry en la segunda guerra mundial, sino simplemente decir que el autor de El Principito inauguró (1929) el correo aéreo entre Buenos Aires y la Patagonia ("Mientras haya un par de alas y yo sienta palpitar mi corazón, volaré hasta el infinito").

Parte de lo expresado fue a modo de preámbulo para recordar que en el barrio Aeroparque también encontramos arterias con nombres de aviadores que hicieron historia. Una de las calles internas recuerda a Carola Lorenzini que, según los hombres sabios, fue la primer mujer que en nuestro país se atrevió a acariciar soles, nubes y estrellas. La calle que lleva su nombre parece entrar en la pista del aeropuerto local, luego de saltar el arroyo La Tapera. En la misma dirección, de sur a norte, al bies de la Ruta 2 y lateral a la avenida Della Paolera, también Bradley parece pedir pista para luego dedicarse a cruzar los Andes junto a Zuloaga, su vecino de ruta, dibujando desde lo alto gran parte de la topografía cordillerana. Ello aconteció en 1916. Otro que compitió con águilas y cóndores, que en 1918 suplantó a las palomas mensajeras que eran enviadas allende los Andes, fue Luis Canobio Candelaria, piloto argentino que también tiene su calle en el barrio que hoy nos ocupa. Dicha vía pública está ubicada entre Bradley y Lorenzini, también orientada hacía la pista central del aeropuerto de Camet.

En el barrio Aeroparque, tan proclive al vuelo, según apreciamos, existen calles con nombres de otros "voladores"; se trata de copilotos del sentimiento y del saber, aves de la misma rama. Estamos invocando a Alfonsina Storni, Aragón, Enrique Santos Discépolo (Discepolín), Leopoldo Lugones, Acevedo, Antonio Alice y otros. Pero de sus proezas literarias y pictóricas nos ocuparemos en otro espacio. Será sobre una pista alta y metafísica, donde puedan decolar libremente sus llevaderas alas, sus silenciosos vuelos.

Hormiga Negra

No sólo fue un personaje literario de los diarios La Prensa y La Razón. Hormiga Negra tuvo vida real. Sus andanzas, a fines del siglo XIX, quedaron en la mitología del coraje gaucho. Son muchas sus anécdotas, aunque las referidas al duelo criollo eclipsan a las demás. (Para proseguir, es necesario aclarar que este escrito no pretende ser un elogio a su forma de hacer justicia, sino antes bien conceptuar su sentido ético de defender aquello que creyó justo. Disculpas por el largo paréntesis.)

Cuentan que era hombre algo retacon, morocho, que parecía ser oriundo del silencio, de bajo perfil, como se estila decir ahora. En cierta ocasión, en un tiempo que el teatro argentino debe esgrimir, los hermanos Podestá cruzaban los campos de la provincia con su trashumante circo. Buscaban un poblado donde exponer su teatro, puestas siempre acompañadas por gran colorido, músicos, actores y coristas; piezas gauchescas y pantomimas para todos los gustos, que siempre era el mismo. Una de esas obras fue número fuerte en el repertorio de los Podestá: Juan Moreira. Cierta vez pasan por San Nicolás, lugar donde se dice nació quien hoy nos ocupa. Fue cuando a uno de los Podestá (José) se le ocurrió esta idea: representar Juan Moreira, pero con el nombre de Hormiga Negra. La pretensión del actor era ganar la simpatía de los habitantes del poblado para que acudieran en forma masiva al circo. La idiosincrasia del hombre de pueblo no era desconocida para ellos. Hablemos más claro: los Podestá sabían trabajar su negocio.

La idea fue aceptada por todos. Así fue que cambiaron el polvo del camino por el de las calles de tierra de San Nicolás.

Luego de elegir un predio donde plantar el mástil mayor, se dedicaron a publicitar el circo. En la boca de la carpa colgaron un enorme cartel cuyas letras rezaban "La vida de Hormiga Negra". Dos acróbatas, de pie sobre relucientes caballos, dieron ‘la vuelta al perro’. Sentadas en las grupas, sensuales colombinas promocionaban con megáfonos la función.

La idea de los Podestá fue todo un éxito: la carpa se veía poblada de gente que esperaba con ansiedad el comienzo de la obra. Entre los muchos paisanos que desensillaban, atando luego sus caballos en árboles y postes linderos a la carpa, llegó al lugar un anciano. El hombre tenía cabellos blancos y arrugas como cicatrices. Sí, era Hormiga Negra. Al ver su nombre en la carpa, pidió hablar con el responsable del circo. Cuando Pablo Podestá llegó, el anciano le dijo qué era eso de usar ese nombre así, porque sí. Pablo le explicó que eran actores, y que uno de ellos se haría pasar por un tal Hormiga Negra, hombre de esos pagos. Fue cuando el mítico gaucho le respondió: "No voy a permitir que Usted o alguien se haga pasar por mí, porque Hormiga Negra soy yo. Viejo y todo, como estoy, si alguno se hace pasar por mí, juro que voy y lo atropello".

Los Podestá quitaron los carteles. Luego explicaron, a los ansiosos espectadores, que el actor principal había sufrido una indisposición, y si todos estaban de acuerdo pondrían en escena acróbatas y payasos, con bailongo final, ‘hasta que las velas no ardan’.

Así de guapo era aquél criollo, quien no quiso que alguien asumiera su rol, quien –sin saberlo- tenía un sentido ético que hoy nos parece utópico, ética que sólo tienen los que se sienten libres, los que no buscan un Mesías que los represente ante el poder y las ataduras contraídas. Cuán saludable sería escuchar, aunque fuese por única vez en la vida, a viejos gobernantes gritar, mientras se golpean el pecho: ‘Esa deuda social es mía. Si alguien pretende pagarla en mi nombre, viejo y todo como me ven, salgo al galope por Balcarce 50, desensillo, y juro que los atropello’.

Sí. Tiene razón; utopías de un desvelado. Sabemos que a estos circos modernos ya no viene Hormiga Negra alguno. Ese tipo de hombre forma parte de nuestra historia doméstica, como los compromisos que debemos asumir en nombre de los que instalaron esta Mise en Scéne de nuestros días.


No me vengan con perros callejeros


Faltaban tres cuadras para llegar a casa, cuando siento que alguien me sigue. Doblo en la esquina, y mi perseguidor detrás de mi sombra. Faltó esto para girar sobre mis talones y preguntarle qué le sucedía conmigo. Pero los perros, si tienen una virtud, es no decir palabra alguna. Detuve mis pasos, y el animal negro y enorme detuvo los suyos. Nos miramos a los ojos, como Duhalde con Bush. Yo ensayaba posibles nombres y apelativos. Se me ocurrían aquellos que tuvieran que ver con su porte: Capitán –le dije. Pero el ovejero ni se inmutó; sólo movió la cola en señal de ‘frío, frío, chabón’. Lobo, Lobo, fue mi siguiente intento. Pero nada. Entonces pensé, ‘si no es Capitán ni Lobo, éste debería llamarse Negro o Zorro’. Cuando dije ‘Zorro’ comenzó a saltar con euforia de riverplatense, poniendo todo su entusiasmo sobre el nicotismo de mi pecho. No caí al piso gracias a la bondad de un árbol, contra el que me lengüeteó en señal de gracias. Seguí camino a casa, Zorro tras mis pasos, monitoreando mis intenciones (disculpe, Borges, la ineficaz metáfora del neologismo).

Una vez terminada su gestión, no me olió más, como diciendo: a falta de mejor calidad y analizando la coyuntura socioeconómica de estos tiempos de pobreza irrepetible, no vienen mal segundas marcas (hay perros que arman bastante bien las frases de sus discursos políticos, ¿vio?).

Cuando llegué a casa, toqué timbre para darle una sorpresa a ella. ‘¿Vos también hacés bromas, como la Bullrich? –dijo mi mujer - ¿Y el monstruo ése?’. Le contesté que no era un monstruo, sino un ovejero cruzado con gliptodonte. Pero ella se fue a la cocina, porque ‘hoy no estoy para el humor fino. Además, se me quema el tuco’.

Tomé por el pasillo del costado y fuimos al patio trasero. Los chicos, al ver a Zorro, exclamaron: ‘papá ¡nos compraste un petiso!’. Hube de hacerlo ladrar para que enmendaran ese concepto. El animal ‘se comía todo’, lo duro, lo blando, lo triste. Tenía una virtud; no escondía los huesos, los masticaba.

La primer noche que pasó en casa estuvo tranquilo; en la segunda lloró en forma permanente. Pensé: mañana, ella me hace un escándalo. Pero no, floreció el instinto maternal: pobrecito, debe extrañar. ¿Y si lo dejás salir? Tal vez encuentre el rumbo perdido’. Entonces lo llevé a la vereda, ocasión en que los vecinos guardaron los abuelos por temor a que Zorro los deglutiera, como hicieron algunos tipos con el PAMI. El animal comenzó rastreando el piso. Luego autografió dos hermosos tilos antes de doblar en la esquina. Fue cuando lo perdí de vista. Llegó la tarde y el perro no volvía. Se armó la noche y Zorro sin aparecer. ‘Habrá hallado los olores queridos’ –filosofó ella.

Esa noche soñé que Zorro horadaba puertas con sus pezuñas, ladrando con fuerza. Soñaba, también, que mi mujer me daba codazos para despertarme. Pero no era un sueño. Cuando abrí, Zorro saltó, poniendo sus enormes patas sobre mi pecho. No caí de espaldas gracias a la enorme lámpara de pie. El animal había regresado muerto de hambre, de frío y afecto. Uno de mis chicos preguntó por qué abandonan perros en la calle. Hay gente que no puede mantenerlos –le dije-. Entonces salen a buscar comida junto a otros que les pasan bichitos y otras costumbres.

Cierto día oímos la voz de un locutor diciendo: ‘Se desea conocer paradero de ovejero alemán negro. Responde al nombre de Zorro’. Luego dieron números telefónicos.

Quedaron en venir ‘mañana, por la tarde’, ¡justo que yo tenía un impensado compromiso...!

Los días que no trabajo me asomo a la vereda y miro los pibes jugar a la pelota en la calle. Pero, qué bien la toca el chiquito aquél; cómo la ‘mata’ con el pecho el hijo de Parisi; qué bien le pega el gordito tres dedos.

Al terminar el picado entré a casa porque ‘está listo el mate, viejo. Hoy estrenamos yerbera, azucarera, mate y bombilla, ¿viste?’. Era el regalo que nos dejó un señor de auto y corbata porque le devolvimos el perro, un ovejero que aquella tarde creyó ver en mí una segunda marca.

Palomas esotéricas

Entre los mail que uno recibe, bajan negras, blancas, grises. Y eso está bien, son las reglas de este juego que nos gusta y hemos decidido jugar, la comunicación, que significa ida y vuelta. Así está establecido y así lo respetamos. Ese ejercicio diario nos sirve para conocer nuestros errores, para evitar ‘vivir sentado sobre un trono de cristal’, como opina Alejandra M., crítica lectora de éste que escribe. También este tipo de enlace, que llamamos mail, nos sirve para corroborar algún esporádico acierto compartido, el que seguramente ha contado con la inestimable ayuda de dos adláteres, los populares trabajo y azar (éste dice presente sólo cuando tiene el visto bueno del primero).

Ha corrido mucha tinta por los canales de la comunicación. De aquellas palomas -que parecían mensajes del más allá, como si Dios las enviara para quienes saben leer ciertos vuelos-, nos fuimos a los chasquis, al telégrafo y al cartero, que no siempre llama dos veces. En ese aspecto ha evolucionado más la técnica que las novedades a compartir; éstas son más o menos las mismas, hablemos sobre guerras, paz, pobreza o bonanza económica. Y hasta suena paradójico que hoy, con toda la alharaca técnica, el modernismo no nos vea tan comunicados como necesitamos.

Es que la comunicación no es sólo la transmisión de mensajes de una persona a otra, sino un comportamiento social donde se usa el lenguaje, sí, pero unido a factores sociales, como por ejemplo, la forma de dirigirse a otro, de escuchar atentamente o no, de esperar una respuesta. En eso estamos.

Cuando Susy Scándali (quien rescató a este escriba del ostracismo literario en el que vivía, dándole un espacio en el diario) me sugirió ‘dale, Julio; poné tu mail al pie de tus escritos, vas a ver la respuesta increíble de los lectores’, uno no supo imaginar los mensajes que habría de recibir. Fueron de todo calibre, algunos disparados a quemarropa, otros apuntando al centro de los sentidos. A todos he contestado, tratando de ser razonable con los exaltados, visceral con aquellos más afectivos o sensible ante el pedido de auxilio para ese alguien ganado por el hambre. Sólo no han tenido respuesta aquellos que juegan con las cadenas del esoterismo. Y en ese aspecto he quedado sorprendido, pues cierta gente, conocida desde siempre, me envió mensajes esotéricos que en sí traían una suerte de estadística macabra, detallando quienes murieron al no cumplir con la prosecución de dichos mensajes. Si un día de éstos este escriba pierde la vida, no ha de ser por haber cortado esa cadena, sino por la tristeza que produce la ignorancia pavimentada. Esa cadena guarda lecturas muy importantes: la primera se relaciona con el poco conocimiento que teníamos sobre la persona que nos envió el esotérico texto; la segunda, el escaso conocimiento que esa persona tenía de uno. Aquél que lee estos apuntes, escritos con esperanza de mejor éxito, sabe cual es nuestro sentir en lo social y en qué nos gusta malgastar o invertir palabras; hasta puede sospechar nuestra inclinación (no he dicho genuflexión, nótese) política.

Mis lectores saben que contesto todo lo que me tiran, sea con munición gruesa y a quemarropa o dardos celestes al corazón, si se me permite ésa noble vulgaridad. Eso sí: jamás contestaré (¿qué te pasa, Marta querida, estimada Alicia?) mensajes esotéricos avalados por el miedo o porque ‘las brujas no existen, pero...’, conjunción adversativa que denota grados elevados de ocultos temores o enorme dosis de hastío. A quienes desperdician tiempo y talento en esos menesteres, que reclutan socios en el temor, les digo que tengo noticias para ellos: sólo creo en los mail que bajan criticas contra los errores de éste que escribe, o aquellos que nos invitan a participar en ‘una campaña mundial contra el presidente del planeta, quien anuncia su próximo crimen en nombre de Dios y la democracia’. También acepto los mail que me acercan alguna tibieza impensada o la respetable indiferencia de quien lee estas palabras y luego cierra el diario despectivamente, pues ‘considero que Ud., señor periodista, fiel a sus principios, tampoco hoy ha dicho nada importante’.


Instrucciones para quedarse solo


La última vez que fui a Buenos Aires, hará un par de semanas, desde Constitución tomé el subte hasta Lavalle. En el hacinado andén me esperaba el tema que dio título a estas líneas: un muchacho leía poemas de Mario Benedetti, de Juan Gelman y de Evaristo Carriego mientras la gente corría llevándose puesto a todo aquél que obstruyera su paso. Un viejo y gastado guitarrista le acompañaba el sentimiento con un Bach también abocado a la fuga, aunque interna. Demás está decir que nadie se detenía para oírlos. Y demás está decir que la gorra -novísimo ente recaudador que se ha instalado a la vera del arte callejero-, se veía como las arcas de nuestro Tesoro Nacional: sin el salvador sonido de dos chirolas que, al rozarse, hacen las veces de diapasón. Esta es una de las tantas maneras de quedarse solo –pensé-. Si ese fuera el plan de aquél dúo, había alcanzado con creces el objetivo.

Cuando me visita una idea me enamoro de ella y siento necesidad de fijarla en un papel. Es cuando necesito estar solo. Claro; viendo luego el escrito, más de un lector se sentirá facultado para decir ‘no hacía falta involucrar a su pobre soledad para escribir eso’. Y tendrán razón: ningún escriba ha abolido el hambre o la desocupación gracias a los oficios de un poema o escritos en diarios de circulación nacional. Quiero defender el concepto: ni la Constitución, escrito madre, si lo hay, ha resuelto alguno de los problemas citados. Sólo prolija sintaxis con buenas intenciones. Después de lo dicho, creo que he quedado más que solo en mi intento, pese a que Tino, nuestro perro, entró en querellas con un gato ocasional.

Pero sólo he citado a quienes necesitan soledad para hacer tareas intelectuales, las tendientes a no cambiar un ápice las cosas. He olvidado que hay gente que necesita estar sola aunque no desarrolle esos trabajos del alma.

Un buen método para estar solo es denunciar, ante los organismos internacionales, que el arma más peligrosa que ha empleado el poder hasta hoy es el hambre y la soberbia. Esa no falla. Pero ésta también es muy eficaz, anote: arroje Ud. un pensamiento crítico que diga vivimos en un mundo unipolar, donde Estados Unidos se ha lanzado a la conquista del planeta y sus alrededores. Esa también es buenísima para quedar solo como país, créalo. Si Ud. no es amante de la historia ni del arte, alégrese: sepa que existen otras variantes muy felices para quedar solo. Hurgue y encontrará. Alguien, asesorado por un sentimiento noble, dirá que sólo los muertos están solos. Mi intención no es desalentar a ese alguien, pero ellos no están solos si alguna vez dejaron una luz, una señal digna de ser recordada. Presiento que otro lector levantará la mano para decir ‘entonces los criminales sí están solos, flaco’. ‘Objeción’, le diré; quienes cometieron crímenes de lesa humanidad, no siempre juegan al solitario. Hitler, por ejemplo: aún lo acompañan esvásticas acciones. Si Ud. se declara incrédulo ante esta afirmación, ruego consulte qué libro es reeditado todos los años -con lamentable éxito- en el mercado editorial europeo. Sí, Mein Kampf, del fürer. Es que a muchas editoriales sólo las desvela un estandarte verde y global llamado dólar, aunque sus gerentes no usen bigotitos ni electrifiquen los alambres de púa que circundan sus campos.

Pero el método más seguro para quedarse solo está en la política autóctona: encabece Ud. una lista; prometa poner la casa en orden, diga que no los va a defraudar y que juntos somos más los aburridos. Luego, si gana las elecciones, contradígase como corresponde a todo buen político, adhiriendo al gatopardismo, filosofía cumbre de nuestra historia política. ¿Dice que quiere quedarse solo pero que no le interesa lo político sino todo movimiento sociocultural? Está bien, desventurado lector; Ud. sabrá lo que hace, ya es grandezuelo. Entonces, alentando ideas ácratas, cierta rebeldía social o vinagreando en la página de un diario, Ud. puede lograr el anhelado objetivo de quedarse solo. Eso sí: luego se ha de bancar (deploro usar ese desdichado neologismo) esa soledad. ¡Ah!, Qué memoria la del escriba: olvidó decirle que tener cierta sensibilidad social, también es excelente receta para quedarse solo. Sí, demasiado solo.

Milton y la oscuridad


Un rico comerciante inglés, admirador del gran poeta Milton (1608-1674), cierta vez quiso rendirle tributo y no halló nada mejor que obsequiarle una edición auténtica de la Biblia impresa por Gutemberg doscientos años antes. Al recibirla, el autor de "El Paraíso Perdido" y de "Soneto Nº 20", dicen que dijo ‘¿Tener una joya que no brilla? ¿Qué sentido tiene, señor? ¡Llévesela, por favor!’

No fue desprecio por el donante, ni por el libro o el contenido guardado en él; Milton había quedado ciego un poco antes y ni siquiera una obra de aquella importancia podía consolarlo ("Cuando pienso que mi luz se ha gastado/ Y hay noche antes de promediar el día...").

El gran poeta y ensayista político no pudo disfrutar de ese libro ni del triunfo de la técnica, es decir; del advenimiento de la máquina, agonía de artesanos y surgimiento de tecnócratas.

Hoy, la tecnología ha avanzado a trancos de desmesura, más que las posibilidades de mucha gente de acceder a lo científico. Es que se ofrecen cosas que sólo están al alcance de quienes integran los circuitos del poder económico, los que promocionan la venta de máquinas que fabrican máquinas, como automóviles alejados de las posibilidades reales de un trabajador común, o técnicas a favor de la salud, adelantos científicos que raramente pasan a diez centímetros de los hospitales, a no ser que una mano Divina se digne señalarlo.

Sabemos que